domingo, 17 de octubre de 2021

Capítulo VIII. De los Sofismas.

Capítulo VIII.

De los Sofismas.

104 Antiguamente llamaron Sofistas a los Sabios (sophos: sabiduría, saber, en griego): y viendo Sócrates que en su tiempo había muchos que no tenían más que una sabiduría aparente, y que procuraban engañar a los ignorantes con argumentillos caprichosos y con sofisterías, empezó a dar a los falsos sabios el nombre de Sofistas. Lo mismo hicieron Platón, y Aristóteles, y ambos los rechazaron con eficacia, porque Platón describió los engaños de los Sofistas, y Aristóteles manifestó admirablemente todos los caminos de que se aprovechaban para formar sus sofismas; de suerte, que este Filósofo trató con perfección este asunto. Ojalá le leyesen los que se precian de Sectarios suyos.

105 Los Romanos a imitación de los Griegos llamaron Sofistas a los que se aprovechaban de argucias, o vanos argumentos. Es, pues el sofisma un raciocinio que nada concluye, y tiene apariencia superficial de concluir.
Hay algunos sofismas tan claros y tan fáciles de conocer, que el más rudo los desecha por engañosos. La sola Lógica natural basta para conocerlos, y cualquiera en oyéndolos, comprende que el tal razonamiento no concluye, aunque no sepa la razón. Por eso los omitiré, proponiendo solamente aquellas fuentes generales de donde nacen muchos sofismas que cada día observamos, así en las disputas, como en los libros, amonestando a los jóvenes que vean en Aristóteles sus trece fuentes de los argumentos sofísticos, que ciertamente les servirá mucho para la cumplida inteligencia de este asunto.
En primer lugar puede colocarse aquel sofisma con que se prueba otra cosa de lo que se disputa. Llamóle Aristóteles ignoratio Elenchi. Elencho
(elenco) es el silogismo con que se intenta probar lo contrario de lo que se ha establecido, como hacen en las Escuelas los que impugnan las conclusiones que otro defiende. Si el elenco se forma con manifiesto engaño, ya consista este en las voces, ya en las cosas, es elenco sofístico; y todos los sofismas los reduce Aristóteles a este, porque todos consisten en la mala formación del silogismo; pues en todos sucede que haya apariencia de raciocinio, no habiéndolo en la realidad. Por eso el que entienda bien las reglas que hemos propuesto, tratando de la formación de los silogismos, sabrá los fundamentos con que ha de desenredar todos los sofismas, mayormente si descendiendo a lo particular advierte las varias maneras capciosas, y engañadoras que hay de silogizar, ya por el mal uso de las palabras, ya por la mala inteligencia, y aplicación de las cosas. No sólo en las Escuelas domina mucho el uso de los sofismas en los actos literarios, por el dolo, mala fé, y poco amor a la verdad, sino también en las conversaciones y discursos Académicos, cuando los dicta el interés y la pasión de algún sistema. También se usa este sofisma en el trato común.

106 Unas veces disputa Ticio con mucho calor, y hace mil exageraciones para probar lo que no se le niega, y es que por tener acalorada la fantasía, no atiende lo que su contrario dice. Otras veces con malicia, y de intento deja de probar lo que le toca, ya porque no se halla con bastantes razones, o porque se ha introducido en una cuestión, que no sabe, y no quiere confesar su ignorancia. Aquí es de advertir, que hay algunos que con mala fé atribuyen en las disputas a su contrario ciertas cosas, que este ni las ha imaginado; y otras veces le atribuyen ciertas proposiciones, que piensan deducirse de la doctrina que el contrario enseña, aunque en la realidad este las niega, y no ha tenido él ánimo jamás de admitirlas; y esto lo hacen para triunfar del enemigo entre la gente ruda, que no alcanza estos artificios. En los impugnadores de los libros es comunísimo este modo de sofisticar, y cada día vemos atribuirse a un Autor lo que no ha dicho, y otras mil cosas, que no son de la disputa.
Así lo hizo Juan Clerico en muchas impugnaciones que hace de los Santos Padres, y señaladamente en la Disertación de argumento theologico ab invidia ducto, puesta al fin de su Lógica en el tomo primero de sus obras filosóficas de la edición de Amsterdam de 1722.

107 Su intento es mostrar las falacias, y sofismas que usan los hombres para volver odioso a su contrario, para que siendo mirado con odio, nadie reciba su doctrina. Pone diez y seis lugares, o modos con que puede uno hacer odioso a otro, y en cada uno de ellos toma por objeto a S. Gerónimo, queriendo mostrar que lo que este Santo Doctor escribió contra los herejes, especialmente contra Vigilancio, no tenía solidez ninguna, sino sólo artificios, depravada fé, y malas artes para volver odioso a Vigilancio. Estoy admirado, que siendo tan públicos hoy estos libros, nuestros Teólogos embebecidos con las disputas con que se impugnan unos a otros, siendo todos Católicos, dejen sin respuesta a este y otros Escritores audaces, que sin respeto ninguno a los varones más santos y más doctos tiran a volverlos despreciables y desautorizados, mayormente extendiendo Clerico esta calumnia en el principio de su Disertación a todos los Teólogos. Es verdad, que Amort (a) en su Filosofía Polingana resiste a Clerico, pero es de paso, y convenía que se hiciese en más forma. Lo cierto es, que los diez y seis lugares con que quiere Clerico infamar a S. Gerónimo, pretendiendo que este se valió de ellos para volver odioso a Vigilancio, con grande arte los pone en obra para hacer odioso a este Santo Doctor. Sabemos muy bien que
S. Gerónimo era activo y ardiente cuando impugnaba a los herejes; pero el zelo, no el dolo, era el que encendía su fuego, como lo ha mostrado muy bien Dupin en su obra de Veritate.

108 El que sepa los motivos de la contienda entre S. Gerónimo y Vigilancio, y lea la Disertación de Clerico, verá que este crítico moderno no entra en ella, ni pone argumentos para probar que Vigilancio tuviese razón, y no S. Gerónimo: lo que hace es entresacar las palabras ardientes con que el Santo Doctor, celosísimo por la doctrina de la Iglesia, rechazaba los errores de Vigilancio, y interpretar estas palabras maliciosamente, como que tiraban a volver odioso a Vigilancio.
Si Clerico pudiera tener argumentos sólidos para mostrar insuficiencia y poca solidez en los argumentos de S. Gerónimo, tuviera más disculpa de interpretar entonces las expresiones fuertes a deseo de oprimir al contrario, haciéndole odioso; pero si Clerico esto no lo ha hecho ni lo pudo hacer, ¿no es claro que son artes suyas para desautorizar al Santo Doctor todo cuanto dice contra él?
No sólo con S. Gerónimo hizo esto, sino también con S. Agustín, a quien impugnó disfrazándose con el nombre de Pherepono, y hablando de este santísimo y sapientísimo Doctor, y de su alto y profundo saber, como pudiera hablar de un niño que va a la Escuela.

(a) Amort Philosoph. P*lling. pág. 577. edic. de
Auxgbourg. año 1730.

Cuando la obra de Muratori de Ingeniorum moderatione in Religionis negotio, que hemos citado otras veces, no tuviese otro mérito, que haberse escrito de propósito para vindicar a S. Agustín de las calumnias y falsedades con que le trata el fingido Pherepono, era digna con eso sólo de que la leyesen todos los eruditos. Clerico no era Teólogo: todo su estudio le puso en la Filosofía, porque como hereje Sociniano decía, que no ha de haber otra Teología que la que dicta la razón, que es el error dominante de estos sectarios; y como defendía los mismos errores de Vigilancio, por favorecerse a sí mismo, con capa de Vigilancio maltrató a S. Gerónimo. Estas artes de los sectarios no son nuevas: son tan antiguas como sus errores, y se hallan bien descubiertas y explicadas en el erudito libro: el Soldado Católico de Fr. Gerónimo Gracián.

109 En segundo lugar puede colocarse aquel sofisma, que llamó Aristóteles petición de principio, y se comete cuando se trae por prueba lo mismo que se disputa. Ya se ve que la prueba de una cosa debe ser más clara que la misma cosa; con que es contra la buena razón intentar persuadir un asunto, aprovechándose del asunto mismo para probarlo. Los círculos viciosos se reducen a este sofisma de petición de principio; como si uno dijera que Dios existe porque hay una causa que lo gobierna todo con providencia, y añadiese, que hay una causa que gobierna las cosas con providencia, porque hay Dios, este cometería sofisma de petición de principio y círculo vicioso. A la misma especie de sofisma pueden reducirse todos los argumentos que prueban una cosa oscura por otra oscurísima.

110. El Autor del Arte de pensar en la explicación de este sofisma dice: que Galileo culpa a Aristóteles con razón por haber caído en esta falacia, queriendo probar que la tierra está en el centro del mundo con este argumento: las cosas pesadas van al centro del mundo, y las ligeras se apartan: luego el centro de la tierra es el mismo que el centro del mundo (a : Arte de penser 3. part. chap. 19. pág. 359. ).
La petición de principio consiste en que, concediendo estos Autores que las cosas pesadas caen al centro de la tierra, no podía Aristóteles saber que caen al centro del mundo, sino suponiendo que el centro del mundo es el de la tierra, y esto es la cuestión. Mas en Aristóteles no hay tal argumento, sino en sus Comentadores. Queriendo probar Aristóteles, que hay un medio, o centro del mundo, y que a él van las cosas pesadas, y de él se apartan las ligeras, usa de varios argumentos sacados de la constitución del universo: de la situación de los astros, y a estos añade los movimientos de los cuerpos graves y leves, como que unos se acercan, y otros se apartan de aquel centro, añadiendo que los cuerpos graves van al centro de la tierra por accidente, porque coincide este centro con el del universo, al cual caminan por su propia naturaleza (a).
Tratando en otra parte de la
gravedad (Newton murió en 1727, Andrés Piquer publica esta tercera edición en 1781) y levedad de los cuerpos, prueba el medio, o centro que hemos dicho, y después pone estas palabras: Si es que caen al medio de la tierra, o del universo, siendo uno mismo el de los dos, pide otra averiguación (b). Todavía extendió más esta duda en el libro Il. de Coelo, donde trata lo mismo; y por estos lugares se echa de ver, que no intentó probar Aristóteles que los cuerpos graves caían al centro del mundo, porque cayesen al centro de la tierra, sino por otros argumentos, con lo cual no cometía petición de principio. Antonio Vernei, sin hacer aquí otra cosa que copiar las palabras del Arte de pensar, culpa a Aristóteles del mismo modo, y con los mismos fundamentos. Así lo hace este Escritor muchas veces sin consultar los originales (c).


111 En tercer lugar coloco yo los sofismas, en que se da por causa de una cosa lo que no es causa, y en general se cometen de dos maneras. Unas veces por ignorancia de las verdaderas causas de las cosas, porque se presentan muchos efectos y las causas están ocultas, y el entendimiento lo atribuye a las veces a lo que se le antoja. En mis escritos de medicina he mostrado que este sofisma se comete frecuentemente en las anatomías de los cadáveres, cuando estas se hacen para examinar las causas de la muerte.

(a) Arist. lib. 2. de Coelo, cap. 14,
(b) Arist. lib. 4. de Coelo, cap. 4.

(c) Vernei de Re logica, lib. 5. cap. 8. pág. 222.

Las más veces viene esta por una causa de suma sutileza y actividad, la cual vuela con la vida. Entonces sólo se ven en los cadáveres el destrozo y ruina que aquella causa ha producido, induciendo la muerte: por donde lo que con tales anatomías se descubre por lo común son los efectos, no las causas de la extinción. Esto lo confiesan llanamente los Profesores Médicos de buenas luces. Engaños de esta clase en que se toman los efectos por causas de las cosas son comunísimos en la Física, porque los efectos se ven, las causas suelen estar ocultas, y los hombres se paran fácilmente en lo que se presenta a sus sentidos, y con trabajo se detienen en lo que conviene a la razón. En la política y en el trato civil se comete este sofisma todos los días, dándose por causas de los sucesos, las que distan mucho de serlo, fingiéndoselas cada cual a su albedrío. Cuando dijo Virgilio, que es feliz el que puede discernir las causas de las cosas, no habló sólo de las físicas, sino también de las civiles, morales, &c. (a)
(a) Felix qui potuit rerum cognoscere causas. Virg. Georg. lib. 2. v. 450.
112 Otras veces se comete este sofisma por soberbia y precipitación, porque muy raras veces quieren los hombres confesar que ignoran una cosa, y esto los precipita a señalar ciertas causas de algunos efectos antes de examinarlas, y tal vez sin advertencia ninguna. En el trato civil cada día se comete este sofisma, y ocasiona mil sospechas y riñas, porque dan unos por causa de lo que observan en otros, aquello que no lo es, y está muy distante de serlo. De ordinario no se detienen los hombres en averiguar la cosa por todas sus partes, ni todos tienen el ingenio necesario para conseguirlo; y como pocos aman el trabajo, y cuesta examinar de raíz las cosas, por eso luego se precipitan, y dicen, que la palabrilla que fulano ha dicho, o la acción que
citano ha hecho, quieren decir esto, o estotro, lo cual ni tan solamente imaginaron aquellos, de lo que se siguen mil vanas sospechas.

113 A esta especie de sofisma se reducen las cosas maravillosas, que los
Astrólogos atribuyen a los Astros. Yo no soy de aquellos que les niegan toda influencia, antes por el contrario creo que tienen algún poder sobre los elementos, y que a lo menos de esta manera pueden influir en nuestros cuerpos; por donde no puedo conformarme con la universalidad con que el P. Feyjoó, siguiendo a Gasendo, desecha toda la fuerza de los Astros sobre los hombres. En la Medicina cada día tenemos motivos de conocer esta fuerza en tantas y tan varias epidemias, como se observan en varios años; y por eso en mis libros Médicos la he procurado establecer, como que su conocimiento es importantísimo para curar las enfermedades. El célebre Inglés Mead ha compuesto un tratado de imperio Solis & Lunae, donde convence este asunto con admirables pruebas. Mas aunque esto sea así, creo que se han excedido los Astrólogos, extendiendo demasiado la fuerza de los Astros, y sacando de ella predicciones muchas veces arbitrarias
(
Nota del editor: habéis leído hoy vuestro Zodiaco?).
Entiendo que en esto es menester observar el
Ne quid nimis de Terencio.

114 A esta especie de sofisma puede también reducirse el común modo con que el vulgo señala las causas de algunos efectos; es a saber: Esto ha venido después destotro, pues esto es la causa de aquello. En los juicios que se hacen sobre las curaciones de grandes achaques, se cometen infinitos sofismas, atribuyéndolas a causas que no han tenido conexión, ni dependencia ninguna con el efecto. Se ha perdido una batalla, el General tiene la culpa, es sofisma de esta especie, porque pueden concurrir otras mil cosas, que pueden ser causa de haberse perdido la batalla, aunque el General haya aplicado de su parte cuanto pudiera conducir para ganarla. Del mismo modo se pierde un Discípulo, que estaba a cargo de tal Maestro, y luego dicen: El Maestro no ha cuidado, y él es la causa de la perdición del Discípulo.
Muchas veces esto es sofisma, porque aunque el Maestro haya puesto por su parte todo el cuidado, y aplicación necesaria para el buen gobierno del Discípulo, puede la mala inclinación de este, o las malas compañías, u otras cosas, que a veces los Maestros no pueden
estorbar, haberle precipitado. En fin este sofisma se halla algunas veces en los Predicadores, cuando dan por causa de un suceso una cosa que ellos se fingen a su albedrío (a).

(a) Sola scripturarum ars est, quam sibi passim omnet vendicant, & cum aures populi, sermone composito mulserint; haec legem Dei putant, nec scire dignantur quid Prophetae, quid Apostoli senserint, sed ad sensum suum incongrua aptant testimonia: quasi grande sit, & non vitiosissimum dicendi genus depravare sententias, & ad voluntatem suam scripturam trabere repugnantem. Hieron. in Prolog. Galeat.

Por ejemplo: Pregunta un Orador, por qué la zarza de Moyses (Moisés) ardía, y no se consumía? Y después de varias razones dice, que la causa es por...... y señala por causa, no lo que es, sino lo que él piensa. De este modo se atribuyen algunos efectos a determinadas causas, y no hay otro motivo para hacerlo, que el capricho del que lo hace. Dije que señala por causa, no lo que es, sino lo que él piensa, porque la causa de semejantes efectos, en el modo que algunas veces la señala el Orador, es oculta, y la Iglesia no la ha declarado, ni los SS. Padres la han propuesto, sino que el Orador se la finge, y acomoda como le parece; y por esta especie de sofisma señala causas arbitrarias a los sucesos referidos en las sagradas Escrituras, y no los puede persuadir a los hombres de juicio, porque le faltan pruebas sólidas con que poderlas fundar.
El P. Vieyra ya conoció esto, y reprehendió eficazmente a los Predicadores que hacen decir a las sagradas Escrituras lo que ellos se imaginan, y tal vez fingen;
y aún prueba con argumentos concluyentes, que en esto cada día faltan a su verdadero instituto. Encargo mucho que se lea sobre esto un Sermón de la Sexagésima, donde, ya desengañado, trató de desterrar del Púlpito los vanos conceptos e interpretaciones arbitrarias de las sagradas Letras. En la Carta Pastoral que el Obispo de Barcelona D. Joseph Climent ha puesto al principio de la versión castellana de la Retórica del P. Fr. Luis de Granada, se impugnan estos y otros semejantes estilos de los Oradores Cristianos, con mucha eficacia y con gran conocimiento de la verdadera elocuencia del Púlpito.

115 Los Gentiles usaron de este sofisma para calumniar la Religión de
Jesu-Christo en sus primeros principios, y decían: cuando la Religión Christiana ha empezado a esparcirse, muchas calamidades han oprimido al Imperio Romano: luego la Religión Christiana ha sido la causa de ellas. No puede haber sofisma más falaz, porque siendo clarísimas las causas de la decadencia del Imperio de Roma, y no habiéndolas disimulado algunos de sus historiadores, era necedad buscar por causa de aquellas calamidades a la Religión Christiana. Digno es de leerse sobre esto Tertuliano en su Apología, cuya obra ya hemos dicho es merecedora de alabanza; y es bien sabido, que S. Agustín escribió los libros de la Ciudad de Dios, con el ánimo de rechazar semejantes sofisterías de los Gentiles.

116 En cuarto lugar puede colocarse el sofisma con que se pronuncia de las cosas absolutamente, debiéndose hacer con ciertas limitaciones; y cometemos este sofisma en aquel modo de razonar, con que concluimos que una cosa es de cierta manera que nosotros nos imaginamos, pudiendo ser de muy distintos modos: llámase en las Escuelas a dicto simpliciter ad dictum secundum quid. Caen en este sofisma con mucha facilidad los semisabios, o los sabios aparentes: porque de ordinario suelen estos estar muy satisfechos con su ciencia, y según ella juzgan de todas las cosas sin dudar de ninguna.
Propónese a uno de estos tales averiguar, por ejemplo, de qué modo se hace la lluvia, o de qué manera se mueve un Cometa, u otra cualquiera semejante duda, y de repente resuelve que es de esta manera y que no puede ser de otra, y es porque él no alcanza otro modo de ser en aquellas cosas, aunque en la realidad puedan hacerse de diversas maneras. También cometen este sofisma los que hacen juicio de las cosas que suceden en Lugares apartados, o en Lugares donde no tienen comunicación, aunque estén cercanos, y para juzgar no tienen otros fundamentos que muy pocas noticias de los hechos sobre que juzgan, o no saben ni alcanzan sino algunas razones del hecho; pudiendo haberse gobernado los que le ejecutan por otras distintas. Por eso cada día vemos muchos que se quejan de los Jueces que han determinado esto, o estotro, sin numerar perfectamente los motivos que ellos se propusieron: y no faltan políticos sofistas que con ligeras noticias quieren juzgar de los negocios más secretos del Gobierno, señalando por razones de los acontecimientos las que tal vez no las imaginaron los que gobiernan.

117 Los malos Críticos caen frecuentemente en este sofisma cuando explican el sentido de algún Autor de la antigüedad, y cada uno quiere que la mente del Autor sea la que a él se le antoja, porque no alcanza que pudo haber sido muy distinta. Este sofisma tiene atrasada la Medicina en su parte Farmacéutica, porque se tienen por virtudes de los remedios las que no lo son: toda Medicina ha de graduarse de tal, o tal virtud con relación al cuerpo humano: con que pronunciando los Botánicos y Farmacéuticos absolutamente, como suelen hacerlo, salen falaces sus aseveraciones. Algunos reducen a esta especie de sofisma la inducción defectuosa. Llámase argumento de inducción aquel con que de muchos particulares se saca una conclusión universal.
Por ejemplo: Los hombres de la Europa hablan, también los de Asia, asimismo los del África, como también los de la América: luego todos los hombres del mundo hablan. Se hace defectuosa la inducción cuando no comprende todos los miembros; y los hombres suelen sacar conclusiones universales antes de haber examinado perfectamente todos los particulares, cuyo defecto cometen los que se apresuran en juzgar de las cosas difíciles. Mas todo lo que toca a las inducciones defectuosas se entiende muy bien con lo que hemos dicho, tratando del raciocinio.

118 Este sofisma domina en los principales escritos de Mr. Roseaux: mira las cosas sólo por un lado, y sin contar con los demás habla del todo por lo que se ve en una sola parte. En las cosas humanas nada hay que sea enteramente perfecto: aun en las más bien fundadas se mezclan defectos, e imperfecciones. Lo que hace Roseaux es tomar la parte defectuosa para sacar por ella el todo imperfecto, o despreciable. Cuando trata de la desigualdad de los hombres pinta al hombre por lo sensitivo y animal, faltando poco para hacerle una bestia: entonces no se mira la racional, porque esto estorbaría la prueba. Cuando se ha de probar la religión natural, el hombre todo es razón, no hay cosa que no se alcance por ella: la Filosofía es el fundamento de todo: lo brutal, lo sensitivo, y lo flaco no tiene aquí lugar, porque esto no le hace, antes se opone a su designio. Si se propone el entusiasmo de que las Ciencias son perjudiciales a las costumbres, se habla sólo de los abusos que se mezclan en ellas: el cultivo del entendimiento, su influencia en la voluntad, la perfección del juicio, el conocimiento del hombre para dominar sus pasiones, y otras mil cosas que el estudio bien ordenado de las Artes científicas acarrea, se dejan porque estorban la prueba del entusiasmo. Lo mismo sucede con las alabanzas de los Cómicos, y con los vituperios de las Imprentas; pues en todas estas cosas para singularizarse toma solo la parte flaca, omite el principal punto, y así por un sofisma de imperfecta enumeración engaña a los falsos sabios. ¿Quién duda que cuando atribuye a las letras la decadencia de los Imperios y el aumento del lujo, comete el sofisma non causae, ut causae? Así discurre casi siempre un hombre que afecta ser Filósofo a la manera de los Griegos, y lo ha logrado, porque en la religión, viajes, escritos, y doctrina es un retrato de ellos, o por decirlo mejor, un compendio de sus extravagancias y desvíos.

119 Síguese el sofisma que llaman en las Escuelas falacia de accidente, y se comete cuando se atribuye a una cosa absolutamente y sin restricción alguna, aquello que sólo le conviene por accidente. En la Medicina se comete este sofisma con frecuencia, porque acontece, que después de un medicamento muy saludable, se empeora el enfermo, y muchos ya aborrecen aquel remedio.
Por ejemplo: El láudano es medicamento utilísimo y muy seguro cuando
le propina un Médico juicioso; no obstante se da muchas veces sin fruto, y en alguna ocasión después de haberle tomado se agrava la enfermedad. No hay que dudar que el agravarse el mal nace de otras causas que hay en el mismo que adolece, y sin embargo se atribuye al láudano; de suerte, que se le atribuye absolutamente lo que sólo por accidente ha sucedido, porque ha sido accidental en aquel enfermo juntarse el aumento del mal con la medicina. Por este modo de sofisma se desacreditan la kina, los eméticos, las sangrías, y otros remedios de suyo saludables y utilísimos cuando se manejan por Médicos sabios, que tienen por guía a la naturaleza; y que sólo por accidente ha acontecido empeorarse los enfermos después de su legítimo y prudente uso.
El que mire con atención lo que han escrito contra la Medicina algunos Críticos, así extraños, como Españoles, conocerá que por la mayor parte es amontonamiento de razones sofísticas, pues se desprecia la Medicina en general y absolutamente por solos los defectos, o ignorancia de sus Profesores, lo cual le es accidental.

120 Del mismo sofisma usan los que acusan toda una Religión por sólo el defecto de algún individuo de ella; y lo mismo sucede a los que desprecian la Filosofía y la Crítica, porque las han cultivado algunos Herejes. Ya se ve que es accidental a la Filosofía que los que la profesan, sean de esta, u otra Religión, y apenas se hallará cosa ninguna, que discurriendo de esta manera no se halle defectuosa. ¿Quién duda que hay algunos abusos en la disciplina Eclesiástica? ¿Se dirá por eso, que ha de exterminarse la antigua disciplina de la Iglesia?
Es cierto que la vana credulidad introduce muchos milagros falsos.
¿Se dirá por eso que ha de apartarse de los fieles la creencia de los verdaderos? Yo creo que algunos Herejes han perseguido a la Iglesia Católica con sofismas de esta especie. Y de este modo razonan en asuntos distintos de la Religión algunos ingenios, que sólo alaban lo que les complace (a).

121 Hay otro sofisma que se comete razonando del sentido compuesto al diviso, o al contrario. Por ejemplo: dice Jesu-Christo en el Evangelio, que los ciegos ven, y los cojos andan, y los sordos oyen; lo cual ha de entenderse en sentido diviso; esto es, que ven los que eran ciegos, y oyen los que eran sordos; y si alguno lo entendiese en sentido compuesto cometería sofisma, porque los ciegos no ven siendo ciegos, ni oyen los sordos mientras están sordos.
Del mismo modo han de entenderse las sagradas Escrituras cuando dicen, que Dios concede la salvación a los malos, porque no salva a los que actualmente son malos, sino a los que lo fueron, y después se han convertido. Por el contrario han de entenderse en sentido compuesto las palabras de S.
Pablo con que dice: Los fornicadores, idólatras, y avaros no entrarán en el Reyno de los Cielos (b), porque significan que no entrarán en los Cielos si se mantienen en la avaricia, e idolatría, y si no dejan los vicios, y se convierten a Dios. De este modo fácil será entender algunos sofismas pertenecientes a la Religión. A esta especie de falacia se reduce este sofisma: Tú tienes lo que no has perdido: no has perdido las riquezas; luego tienes riquezas. Pues la mayor se entiende en sentido compuesto, y la menor en diviso, y de esta manera pudiera señalar otros semejantes sofismas, capaces de engañar solamente a los muy estultos.

(a) Vitiosum est artem, aut scientiam, aut studium quidpiam vituperare propter eorum vitia, qui in eo studio sunt, veluti qui Rhetoricam vituperant propter alicujus Oratoris vituperandam vitam. Aut. Rhet. ad Heren. lib. 2. cap. 27.

(b) Paul. ad Corinth. 6. vers. 9.
122 En último lugar coloco yo el sofisma que consiste en la equivocación de las voces. Consiste la equivocación en varias cosas que ya hemos insinuado; pero la más común es cuando una voz significa cosas distintas; de modo, que el silogismo tiene cuatro términos. El silogismo tiene cuatro términos, cuando el medio tiene una significación en la mayor y diferente en la menor, o cuando los términos de la conclusión no se toman en el mismo sentido que en las premisas. Cuenta Aulo Gelio, que un Sofista le propuso a Diógenes un silogismo de esta clase (a : Aul. Gell. Noct. Attic. lib. 18. cap. 13. ) y que respondió concediendo las premisas, y en llegando a la conclusión dijo, que la concedería si mudaba los términos, y empezaba por él mismo. Decíale el Sofista: Vos no sois lo que yo soy: yo soy hombre: luego vos no sois hombre; y dijo Diógenes, concederé todo el silogismo si me arguyes de esta manera: Yo no soy lo que tú eres: tú eres hombre: luego yo no soy hombre. También tiene cuatro términos este silogismo: Si diciendo la verdad dices yo miento, mientes: cuando dices la verdad dices yo miento: luego diciendo la verdad, mientes. Cicerón llamó a este sofisma el Mentiroso, y lo es por la equivocación de las voces, porque en la mayor las palabras yo miento, significan aquello sobre que recae la mentira, y en la menor significan la misma proposición que dice yo miento. Semejante a este es el sofisma que algunos llamaron Crocodilo, y tomó el nombre de esta fábula. Estaba una mujer junto a las riberas del Nilo, y un Crocodilo (Cocodrilo) le hurtó un niño que llevaba. Rogábale la mujer que le volviese el niño, y el Crocodilo dijo que se lo volvería con la condición de que había de decir verdad. Admitió la mujer la condición, y dijo: No me lo volverás. Acudió luego el Crocodilo diciendo, que sea verdadero que sea falso lo que has dicho, no te vuelvo el niño. Porque si es falso, no has cumplido la condición, y si es verdadero, como lo he de volver, cuando solamente puedes haber dicho verdad, no volviéndolo. La mujer replicó, que sea verdadero que sea falso lo que he dicho, has de volverme el niño, porque si es verdadero, has de cumplir la condición, y si es falso, me lo has de volver para que lo sea. Los Filósofos antiguos fueron muy diestros en formar semejantes sofismas. Cuenta Laercio, que Eubulides inventó siete maneras de sofismas, que se llaman el mentiroso, oculto, electro, encubierto, sorites, cornuto, y calvo, de los cuales hace mención Cicerón en algunos lugares, y todos consisten en la equivocación de las voces. Pero es de advertir, que semejantes sofismas no pueden engañar sino a los muy estultos, y por eso los omitimos.

Capítulo VII. De los errores del juicio.

Capítulo VII.

De los errores del juicio.

89 Todos los errores del entendimiento humano, hablando con propiedad, pertenecen solamente al juicio, porque este es el que asiente, o disiente a lo que se le propone. Los sentidos, la imaginación, las inclinaciones, el temperamento, la edad, y otras cosas semejantes no son más que ocasiones, o motivos por los cuales yerra el juicio. Pero se ha de advertir, que hay dos caminos muy comunes, por los cuales se anda hacia el error, es a saber, la preocupación, y la precipitación del juicio, porque cuantas veces cae este en el error, casi siempre sucede, o porque esta preocupado, o porque se precipita. La preocupación es aquella anticipada opinión, y creencia que uno tiene de ciertas cosas, sin haberlas examinado, ni conocido bastantemente para juzgar de ellas. Por ejemplo. Han dicho a un hombre codicioso y crédulo, que es fácil hacer oro del cobre, o del hierro. Por la credulidad fácilmente se convence: por la codicia lo cree con eficacia, porque ya hemos probado, que cualquiera noción si va junta con alguna fuerte inclinación del ánimo, se imprime con mayor fuerza. Si este hombre oye después a otro que prueba con razones concluyentes, que no es posible convertir el cobre, ni el hierro, ni ningún otro metal en oro, lo oye con desconfianza, y las razones evidentes no se proporcionan a su juicio, porque está preocupado, esto es, porque anticipadamente ha creído lo contrario, y esta creencia ha echado raíces en el entendimiento.

90 No intento tratar aquí de toda suerte de preocupaciones, ya porque fuera imposible comprenderlas todas, ya porque muchas han sido explicadas en los capítulos antecedentes: propondré solamente algunas muy notables, que nos hacen caer en muchos errores. Cuando somos niños creemos todo cuanto nos dicen los padres, los Maestros, y nuestros mismos compañeros.
El entendimiento entonces se va llenando de preocupaciones, y si no cuidamos examinarlas, siendo adultos, toda la vida mantenemos el error. El amor que tenemos a la patria, y a los parientes, y amigos nos preocupa fuertemente (a). Las nociones de estas cosas las tenemos continuas, y las impresiones se van haciendo de cada día más profundas; por esto nos hacemos a juzgar conformando nuestros juicios con ellas, y muchas veces son errados. Después cada cual alaba su Patria, y la prefiere a cualquiera otra. Su Patria es la más antigua del mundo, porque ha oído contar a sus paisanos, que se fundó en tal, y tal tiempo muy antiguo, y que se fundó casi por milagro. Esta preocupación arrebata a veces hasta hacer decir a algunos, que nada hay bueno sino en su País; y en los demás todo es malo. Apenas hay Historiador, que en ponderar las antigüedades de los Pueblos no cometa mil absurdos y falsedades, por gobernarse, en lugar de buenos documentos, por una vanísima credulidad y preocupación. Yo oigo con mucha desconfianza a estos preocupados alabadores de sus Patrias. Es noticia harto vulgar, que los Griegos tenían por bárbaros a todos los que no eran Griegos; y habiendo sido los principales establecedores de las Ciencias, no pudieron librarse de tan vana preocupación.

(a) Sunt snim ingeniis nostris semina innata virtutum, quae si adolescere liceret ipsa nos ad beatam vitam natura perduceret; nunc autem simul, atque editi in lucem, & suscepti sumus, in omni continuò pravitate, & in summa opinionum perversitate versamur, ut pene cum lacte nutricis errorem suxisse videamur.
Cum vero parentibus redditi, magistris traditi sumus, tum ita variis imbuimur erroribus, ut vanitati veritas, & opinioni confirmatae natura ipsa cedat. Accedunt etiam Poetae, qui cum magnam speciem doctrinae, sapientiaeque prae se tulerunt, audiuntur, leguntur, ediscuntur, & inbaerescunt penitis in mentibus.
Cum vero accedit eodem quasi maximus quidem magister populus, atque omnis undique ad vitia consentiens multitudo, tum plane inficimur opinionum pravitate, a naturaque ipsa desciscimus. Cicer. Q. Tusc. lib. 3. c. 2.


91 Entre nosotros reinan hoy dos partidos igualmente preocupados. Unos gritan contra nuestra nación en favor de las extrañas, ponderando que en estas florecen mucho las Artes, las Ciencias, la
policía, la ilustración del entendimiento: por donde van con ansia tras de los libros extranjeros todo lo hallan bueno en ellos, los celebran como venidos del Cielo. Otros aborrecen todo lo que viene de afuera, y solo por ser extraño lo desechan. La preocupación es igual en ambos partidos; pero en el número, actividad, y potencia prevalece el primero al segundo. La verdad es, que en todas las Provincias del Mundo hay vulgo, en el cual se comprehenden también muchos entendimientos de escalera arriba (frase con que se explica el P. Feyjoó) (a : Teat. Crit. disc. 10. núm. 15, y 16.), y todas las naciones cultivadas pueden mútuamente ayudarse unas a otras con sus luces, con la consideración que unas exceden en unas cosas y otras en otras, y cada una ha de tomar lo que le falta. Se puede demostrar con libros Españoles existentes, que muchísimas cosas con que hoy lucen las naciones extranjeras en las Artes y Ciencias, las han podido tomar de nosotros. Los excesos y poca solidez de la Filosofía de las Escuelas han sido conocidos y vituperados de los Españoles, antes que de otra nación alguna, porque Luis Vives, Pedro Juan Núñez, Gaspar Cardillo Villalpando, el Maestro Cano, los han descubierto e impugnado mucho antes que Verulamio, Cartesio, y Gasendo. El método de enseñar la lengua Latina de Port-Royal tan celebrado en todas partes, fue mucho antes enseñado con toda claridad, y extensión por Francisco Sánchez de las Brozas. ¿Quién duda que antes de Linacro en Inglaterra, y de Comenio en Francia, echó en España los cimientos de la verdadera lengua Latina el Maestro Antonio de Nebrija? Aún en la Física el famoso sistema del fuego que Boheraave (Boerhaave) ha ilustrado en su Química, está con bastante claridad propuesto, y explicado por nuestro Valles (o Vallés) en su Filosofía Sagrada. El sistema del suco nerveo de los Ingleses tuvo origen en España por Doña Oliva de Sabuco. La inteligencia de las enfermedades intermitentes peligrosas, que han ilustrado Morton en Inglaterra, y Torti en Italia, ha tenido su origen en España por Luis Mercado, Médico de Felipe Segundo, a quien por esto debe el género humano inmortal agradecimiento, pues que con sus luces ha dado la vida a millares de gentes. También ha nacido en España la nueva observación de los pulsos de Solano de Luque, que después han ilustrado algunos Ingleses y Franceses.

(Nota del editor: Además de Miguel Servet y otros que no nombra el autor.)

92 A este modo otras muchas cosas importantes se han tomado de nosotros, como lo haremos patente en otra obra, así como en algunas materias confesamos que nos sirven las luces de los Extranjeros. Este punto le tocó de paso el P. Feyjoó, hablando del amor de la patria y pasión nacional; bien que inclinó más a los extraños que a los nuestros; y aquí, aunque de paso, advertiré que tratando de esto pone estas palabras: "También puede ser que algunos se arrojasen a la muerte, no tanto por el logro de la fama, cuanto por la loca vanidad de verse admirados, y aplaudidos unos pocos instantes de vida: de que nos da Luciano un ilustre ejemplo en la voluntaria muerte del Filósofo Peregrino (a)". Luciano en la muerte del Peregrino que escribió a Cronio Epicurista amigo suyo, tomó el empeño de vituperar a los Christianos de su tiempo, que padecían martirio por defender la Fé de Jesu-Christo; y es conjetura de hombres muy doctos, que el Peregrino de quien habla Luciano fue S. Polycarpo, discípulo de S. Juan Evangelista, cuyo martirio atribuía Luciano a vanidad y a locura. Como quiera que fuese, este escrito de Luciano está lleno de burlas y blasfemias contra el nombre Christiano, digno por eso de igualarse con Filostrato, Celso, Juliano, y otros impugnadores de la Religión Christiana. Si en los puntos históricos, tantos como toca Feyjoó en sus escritos, hubiera consultado los originales, hubiera evitado muchas equivocaciones, que descubren los inteligentes.
(a) Teat. Crit. disc. 10. §. I. n. 3. p. 213. tom. 3.


93 Otra suerte de preocupados perniciosos son los viajeros que andan a correr las Cortes, cuando se restituyen a sus patrias. No vituperamos el que se hagan viajes a Países extraños para instruir el entendimiento, porque sabemos que en todos tiempos se ha usado esto con el fin de ver las varias costumbres, inclinaciones, leyes, policía, gobierno, Ciencias, y Artes de varios Pueblos, para tomar lo útil, y honesto que falta en el propio País, y trasladarlo a él. Debiendo, pues, hacerse estos viajes para mejorarse en el saber, y en las costumbres

el viajero, y a la vuelta ilustrar a su Patria, es cosa clara que para lograr estos fines es menester que el viaje se haga en edad competente con instrucción para conocer lo honesto y útil, y distinguirlo de lo aparente y superfluo: conviene también la sagacidad necesaria para conocer a los hombres, y las varias maneras que estos tienen de engañar a los viandantes. Con estas prevenciones, y con un conocimiento suficiente de las Artes y Ciencias puede hacerse el viaje con provecho, deteniéndose en los lugares, donde pueda instruirse el tiempo necesario para enterarse de las cosas importantes de cada País. Pero como hoy se usa ir aprisa, volver presto, sin estudios, sin lógica, sin la moral, sin filosofía, en edad tierna, poco proporcionada para la instrucción, es ir a embelesar los sentidos, hinchar la imaginación, llenar el ingenio de combinaciones superficiales, y preocupar el juicio con los errores de estas otras potencias.
Así traen a su País la moda, la cortesía afectada, el aire libre, y el ánimo inclinado a vituperar en su propia Patria todo lo que no sea conforme a lo que han visto en la ajena. Dos célebres Escritores (a), el uno Francés, llamado Miguel de Montagna; el otro Inglés, llamado Lock, bien conocidos en el orbe literario, explican muy bien los defectos de estos viajes, y las bagatelas de que vuelven muy satisfechos los viajeros. Para evitar estos inconvenientes aconsejan que estas peregrinaciones se hagan hasta los quince años, con un buen Maestro que dirija al joven viandante, como lo hacía Mentor con Telémaco. A la verdad esta especie de viaje en edad tan tierna podrá servir para instruirse en las lenguas, en lo demás nada.

(a) Montagne Esais. lib. I. capítulo 25.
(b) Lock Educacion des enfans. tom. 2. §. CCXIX. pág. 266. y sig.

94 El P. Legipont, de la Orden de S. Benito, ha publicado poco ha un itinerario para hacer con utilidad los viajes a Cortes extranjeras. Le ha traducido en Español el Dr. Joaquín Marín, docto Abogado Valenciano. En esta obrita se hallan las reglas prudentes para viajar con utilidad; y el que lea la censura que a ella ha puesto el Dr. Agustín Sales, Presbítero en Valencia, no le pesará de su trabajo, por ser digna de leerse, y estar escrita por uno de los eruditos principales de nuestra España. Feyjoó conoció ya algunos defectos de los viandantes de estos tiempos, y los explicó con estas palabras:
"Aún después que el Mundo empezó a peregrinarse con alguna libertad, y no hubo tanta para mentir, nos han traído de lo último del Oriente fábulas de inmenso bulto, que se han autorizado en innumerables libros, como son las dos populosísimas Ciudades Quinzai y Cambalii: gigantes entre todos los Pueblos del Orbe: el opulentísimo Reyno del Catay al Norte de la China: los Carbunclos de la India: los Gigantes del Estrecho de Magallanes; y otras cosas de que poco ha nos hemos desengañado (a)"

95 Suele preocuparse el juicio frecuentemente en las cosas de piedad y Religión. Ha creído uno cuando era niño, que el Santuario de su tierra es un seminario de milagros, que un Peregrino formó la Imagen que en él se venera, y que no puede disputársele, o la prerrogativa de tocarse por sí misma la campana, o de aparecer tal día florecillas, u otras cosas maravillosas, con que Dios le distingue entre muchos otros. Algunos dejan correr estas relaciones, porque dicen son piadosas, aunque en parte sean falsas. Mas yo quisiera que se descartaran cuando no están bien averiguadas, porque nuestra santísima Religión es la misma verdad, y no necesita de falsas preocupaciones para autorizar su creencia. De esto hablaremos más adelante. Lo que toca ahora a nuestro propósito es, que estas cosas creídas con anticipación ocasionan después mil guerras, y discordias entre los Escritores, que quieren, o defenderlas, o impugnarlas.

(a) Feyjoó Teat. Crit. tom. 5. disc. I. §. 3. n. 10.

(b) Refert certe in quacumque arte plurimum unum in illa excellentem Auctorem legere, cui potissimum te addicas. Nullus tamen quamlibet eruditus sentiendi tibi, ac dissentiendi Auctor futurus est. Nemo enim fuit omnium, qui non ut homo interdum halucinaretur. Cano de Loc. lib. 10. c. 5.

96 La lectura de algún Autor suele causar fuertes preocupaciones (b). Hay uno que en su juventud ha leído continuamente a Séneca, y después no hay perfección que no halle en este Filósofo, y todos los demás no han hecho cosa notable; ni ya se oirá de su boca otra cosa que lugares de Séneca, máximas morales sueltas y descadenadas. En este asunto tengo por cierta especie de felicidad preocuparse de un Autor bueno, porque aunque no lo sea tan universalmente como le hace creer la preocupación, por lo menos ya en algunas cosas no le ocasiona error. Por esto ha de cuidarse, y es punto esencial de la buena crianza, en no dejar leer a los muchachos sino libros buenos, y que puedan instruir su entendimiento, y perfeccionarles el juicio; y me lastimo de ver, que apenas se les entregan otros libros que los de Novelas, o Comedias, o de Fábulas, con que se habitúan a todo aquello que les hincha la imaginación, y corrompe el juicio. No solamente se preocupan muchos de algún Autor, sino también de la autoridad de ciertas personas. Cree Fabio anticipadamente, que Ariston es un hombre consumado en todas Ciencias, y prescindo ahora si lo cree con justicia, o erradamente. Trátese después cualquiera materia, y Fabio no dice más, sino que ha oído decir a Ariston, que la cosa era de esta manera, y no de otra. Si se le replica diciéndole, que lo examine por sí mismo, y que no se fie de semejante autoridad, se enfurece, y con ademanes mantiene su opinión, porque está enteramente preocupado (a).

97 Pudiera poner muchos ejemplos de esto en el trato civil: de suerte, que si bien lo reparamos, gran parte de los juicios humanos en el comercio de la vida se fundan en preocupación, y no en realidad (b).

(a) Nec vero probare soleo id quod de Pythagoricis accepimus, quos ferunt, si quid affirmarent in disputando, cum ex iis quaereretur quare ita esset, respondere solitos: Ipse dixit. Ipse autem erat Pythagoras, tantum opinio praejudicata poterat, ut etiam sine ratione valeret auctoritas. Cicer. de Nat. Deor. lib. I. cap. 8. pág. 198.
(b) Extant & quidem non pauci, qui Doctorem unum ita prae caeteris diligunt, ejusque dicta adeo religiose, ne dicam superstitiose, amplectuntur, ut non gloriae solum, verum etiam piaculum ducant ab illius verbis, ne latum quidem unguem discedere. Nihil propterea quam Pythagoricum illud: Ipse dixit, frequentius ipsis est... tantum quippe apud eos potest praejudicata quaevis opinio Magistri, in cujus verba jurant, ut non secus ac de Pythagorae discipulis olim praeclare scripserat Tullius, etiam sine ulla prorsus ratione illius quaevis vel minima apud eos valeat auctoritas. Brix. Logic. pág. 164.

Esto mismo es lo que sucede a aquellos, que en las letras no aprecian sino la antigüedad. No dudo que en ella se halla un tesoro muy precioso, y que cualquiera ha de consultar los Autores antiguos para perfeccionar el juicio, y para aprender y enseñar las Ciencias humanas, conformándose con las reglas del buen gusto, pues hubo entre ellos muchos que fueron exactísimos, y tuvieron un juicio muy recto en lo que toca a las Artes y Ciencias profanas; mas esto no es bastante para preocuparse de forma, que no se haya de celebrar sino lo que sea antiguo, porque no se agotó en aquellos siglos la naturaleza, ni se estancaron las buenas Artes, de suerte, que no pueda beberse la doctrina sino en aquellas fuentes. Yo he reparado, que los Romanos veneraron mucho a los Griegos, y se aprovecharon de su doctrina en muchísimas cosas; pero también en otras los dejaron, buscando nuevos caminos para alcanzar la verdad, y alguna vez se gloriaron de ser iguales, o superiores a los Griegos (a).
Galeno en el comento del primer aforismo de Hipócrates dice, que los antiguos hallaron las Ciencias, pero no pudieron perfeccionarlas, y que los que les han sucedido las han aumentado y perfeccionado. Cicerón afirma, que en su tiempo había en Roma Oradores tan grandes, que en nada eran inferiores a los Griegos (b). ¿Pues por qué nosotros hemos de creer, que nada bueno puede hallarse en nuestros días? ¿Y por qué no podremos decir de los Romanos, lo que estos dijeron de los Griegos (c); y de los Griegos, lo que ellos dijeron de otros más antiguos? La razón dicta, que la verdad ha de buscarse en los antiguos y en los modernos, y ha de abrazarse donde quiera que se halle.

(a) Sed meum judicium semper fuit omnia nostros aut invenisse per se sapientius quam Graecos, aut accepta ab illis fecisse meliora. Cicer. Q. Tusc. lib. I. cap. 2.

(b) Cicer. Q. Tusc. lib. I. cap. 4.
(c) Brutus quidem noster, excellens omni genere laudis, sic Philosophiam Latinis literis persequitur, nihil ut eisdem de rebus a Graecis desideres. Cicer. Acad. q. lib. 2. cap. 9.


98 Los antiguos tienen la ventaja de haber sido los primeros, y por esto los imaginamos como más venerables, porque de ordinario formamos concepto más grande de los hombres famosos cuando están distantes de nosotros, que cuando están a nuestra vista, pues entonces hallamos que son hombres como los demás, y sujetos a las mismas inclinaciones y engaños que nosotros mismos, y por esto solemos apreciar más lo que tenemos distante, que lo que está cercano. Pero si nos libramos de toda preocupación, hallaremos entre los antiguos, hombres de grande ingenio y juicio, de mucha erudición y doctrina, y también entre los modernos; y entre estos hallamos Sofistas, y no faltaron entre aquellos. Esto es lo que dicta la buena Lógica; pero hoy los literatos inclinan a lo moderno con conocida preocupación, la cual hace que se hable de los antiguos con desprecio, sin haberlos leído. El juicio dicta, que tomemos de la antigüedad los fundamentos de las Artes y Ciencias, pues que ellos las establecieron, y procuremos instruirnos en lo que los modernos hayan añadido con solidez a lo que ellos fundaron.

99 La precipitación del juicio se observa frecuentemente en el trato civil, porque es muy común juzgar de las cosas sin haberlas averiguado. Uno disputa y se descompone por defender la Filosofía, que no ha visto. Otro afirma que tal Autor lo dice, sin haberle leído. Cual apenas ha oído una palabrita a otro, ya forma mil juicios. Cual por un acaecimiento imprevisto, forma mil presagios. En efecto los juicios temerarios casi siempre se hacen con precipitación, porque se hacen sin atender las circunstancias necesarias para juzgar; y si bien se repara, en el trato civil se hallará, que son infinitos los juicios precipitados. En los libros son también frecuentísimos, y cada día vemos contender los Autores recíprocamente sobre si es cierta la narración, o falsa la cita, y las más de estas contiendas proceden de la precipitación del juicio. De la misma nacen a veces las alabanzas vanísimas y los vituperios de los Autores; porque toma uno un libro en la mano, y luego que empieza a leerle, encuentra una cosa que no le satisface, y sin pasar más adelante dice, que el libro no vale nada, que es una friolera cuanto el Autor escribe, y otras cosas semejantes. Por el contrario, si halla en el libro un estilo proporcionado a su genio, u otras cosas que a los principios le contentan, dice que el libro es bueno, y es lo mejor que se ha escrito. De este modo se hacen muchas críticas, y las hacen hoy sujetos de buena recomendación; pero fuera fácil mostrar que se hacen con manifiesta precipitación de juicio. A veces la precipitación del juicio es muy peligrosa, porque ocasiona errores enormes. Oímos una palabrita a un hombre que miramos con odio, y luego la interpretamos y echamos en mala parte, y el otro tal vez la ha dicho con sana intención. En el juicio que algunos hacen de los libros sucede lo mismo, porque tal proposición, que por sí sola puede parecer mala, acompañada con toda la serie de principios y razonamientos con que esta conexa, es sanísima.
De otro modo precipitamos el juicio, haciendo de un hecho particular una razón universal. Así vemos que Ariston ha faltado en una cosa, o no se ha desempeñado bien en un asunto, y luego le tenemos por un hombre inútil para todos los negocios.

100 Nunca precipitamos más el juicio, que cuando nos dejamos dominar de alguna pasión, y esto se observa en casi todas las disputas, en que no se tiene por fin el descubrimiento de la verdad, sino la vanagloria. Cuando uno se calienta mucho en una disputa, de ordinario se arrebata, y su imaginación tiene imágenes muy arraigadas de lo que intenta persuadir: de esto se sigue, que no atiende a lo que dice el contrario, y si oye algo, lo acomoda a lo que domina en su fantasía, porque esta no admite sino muy ligeramente las impresiones distintas de aquel objeto que la ocupa. De aquí nace, que muchas veces están disputando dos hombres serios con grande estrépito, y diciendo ambos una misma cosa; y es cierto que luego feneciera la contienda, si no hubiera precipitación de juicio de los contendores (contendientes). De esto tengo yo bastante experiencia, como también de muchas sospechas que resultan después de semejantes disputas, y nacen las más veces de no haber puesto la atención necesaria en lo que se dice, y de juzgar con precipitación. En fin reflecte cada cual un poco, y hallará que muchísimos juicios en el trato civil se hacen por el miedo, odio, amor, esperanza, o según la pasión que reina en el que juzga (a).

(a) Plura enim multo homines judicant odio, aut amore, aut cupiditate, aut iracundia, aut dolore, aut laetitia, aut spe, aut timore, aut errore, aut aliqua permotione mentis, quam veritate, aut praescripto, aut juris norma aliqua, aut judicii formula, aut legibus. Cic. de Orat. lib. 2. p. 370.

101 Resta ahora proponer el remedio para estos males del juicio. Ante todas cosas se ha de tener presente lo que hemos dicho en los capítulos pasados, porque las preocupaciones, y precipitaciones del juicio por la mayor parte proceden de la fuerza de las pasiones, de la imaginación, del ingenio, de los sentidos, y demás cosas que hemos explicado. Además de esto será bien acordarse de lo que ya hemos dicho, es a saber, que el hombre sabe las cosas, o por la ciencia, o por la opinión. No puede el hombre errar cuando tiene evidencia de las cosas que ha de juzgar, con que solamente el juicio ha de tener reglas para no preocuparse en las cosas que se alcanzan por opinión. Para gobernarse en estas con acierto, será importante ver lo que hemos dicho hablando de la extensión de las opiniones; y ahora puede añadirse, que nada es más a propósito para evitar la preocupación, que el saber dudar y suspender el juicio con prudencia (a : Epicharmi illud teneto nervos, atque artus esse sapientiae non temere credere. Ciceron de Petit. Consul.)
Hágome cargo, que no puede el entendimiento mantenerse siempre en la duda, como hacían los Pirrhonistas (
de Pirrho, Pirro); pero a lo menos es argumento de buen juicio saber dudar cuando conviene, y no dar asenso sino a lo que consta por la certeza de los primeros principios.

102 El entendimiento ayudado de las reglas de la Lógica, ha de examinar las cosas, y si las halla conformes a las primeras verdades, o los fundamentos principales de la razón humana, que tantas veces hemos propuesto, entonces se resuelve, y pasa de la duda a la creencia. Pero si en semejantes averiguaciones descubre poca conformidad de las cosas con la razón, y los principios de ella, o disiente, o suspende de nuevo el juicio, hasta que averiguándolo mejor, se le presente claramente la verdad. Por esta razón han de examinarse con cuidado las opiniones que recibimos en la niñez, y muchas otras que se enseñan en las Escuelas, y las que se adquieren en la conversación y trato, y no han de creerse ciegamente, sino sólo después de bien examinadas. Débese aquí advertir, que en las ciencias prácticas basta a veces la verosimilitud, porque en muchísimas cosas si hubiera el entendimiento de hacer exámenes para alcanzar la evidencia, se pasaría la ocasión de obrar, y esta no suele volver siempre que queremos.
De este modo gobernamos la práctica de la Medicina en muchos casos, y lo mismo acontece algunas veces en lo moral.
Mas (pero) aún en tales lances conviene siempre seguir lo que se acerca más a las primeras verdades, porque esto es lo más conforme a la buena razón. Por esto creo yo, que si en las Escuelas se llega a enseñar la buena Lógica, con esto solo se acabarán las ruidosas contiendas sobre el probabilismo, porque conocerán todos, que lo menos racional no debe seguirse a vista de lo más razonable.

103 Para no precipitar el juicio se han de tener presentes las mismas reglas que hemos propuesto para evitar las preocupaciones. Pero en especial conduce poner la atención necesaria en las cosas antes de juzgar, y examinarlas de suerte que no se determine el juicio sino después del examen necesario.
Las cosas suelen combinarse de muchas maneras; y si el entendimiento no atiende a todas las circunstancias, fácilmente caerá en el error, porque sólo juzgará por la vista de una, y debiera hacerlo después de atender a todas.
El examen es también necesario, porque de otra forma lo que es incógnito se tendrá por sabido, lo falso se tendrá como cierto, y lo dudoso como ciertamente verdadero (a).
Esto se hace más comprensible con ejemplos, y lo ilustraremos más en los capítulos siguientes.

(a) Ne incognita pro cognitit habeamus, hisque temere assentiamus. Quod vitium effugere qui volet (omnes autem velle debebunt) adhibebit ad considerandas res, & tempus, & diligentiam. Cicer. de Offic. lib. I. cap. 29.

Capítulo VI. De los errores que ocasiona el amor propio.

Capítulo VI.

De los errores que ocasiona el amor propio.

81 Entiendo por amor propio aquella inclinación natural que tenemos a nuestra conservación y nuestro bien. Todo aquello que pensamos ser a propósito para nuestra conservación, y todo lo que nos parece que ha de hacernos bien, lo apetecemos llevados de la naturaleza misma; y hemos de considerar que el amor propio es un adulador que continuamente nos lisonjea y nos engaña. Porque si nosotros regulásemos esta innata inclinación que tenemos hacia nuestro bien y provecho, según las reglas que prescribe el juicio, y le conformásemos con las máximas que enseña la doctrina de Jesu-Christo, no apeteciéramos sino lo que es verdaderamente bueno, y lo que en realidad puede conducir a nuestra conservación; pero el caso es que estudiamos poco para moderarlo, y su desenfrenamiento nos ocasiona mil males. Para describir los malos efectos que causa en las costumbres el desordenado amor propio, es menester recurrir a la Filosofía moral, porque según yo pienso, la inclinación que los hombres tienen a la grandeza, a la independencia, y a los placeres no son más que el amor propio disimulado, o lo que es lo mismo, todas aquellas inclinaciones no son otra cosa, que el apetito que tienen los hombres de su conservación y de su bien, pareciéndoles que le han de saciar con la grandeza, con los placeres, y con la independencia: apetito que si no se regula, como he dicho, ocasiona grandes daños. Mas yo sólo intento aquí descubrir algunos artificios con que el amor propio nos engaña en el ejercicio de las Artes y Ciencias; y si no atendemos con cuidado, nos vuelve necios, haciéndonos creer que somos sabios. Ya hemos mostrado cuantos determinados errores nos ocasionan las pasiones con que acompañamos nuestros conocimientos. A la verdad todos estos nacen del amor propio, que es la fuente de todas las pasiones y apetitos; mas aquí queremos en general mostrar los varios caminos con que este oculto enemigo nos engaña en el ejercicio de las Artes y Ciencias.

82 Si alaban a nuestro contrario en nuestra presencia, allá interiormente lo sentimos, aunque las alabanzas sean justas, porque el amor propio hace mirar aquellas alabanzas como cosa que engrandece al enemigo; y como el engrandecerse el enemigo ha de estorbar nuestra grandeza, o ha de ser motivo de privarnos de algún bien, por esto no gustamos de semejantes alabanzas.
No se forman silogismos para esto, porque basta nuestra inclinación poderosa hacia lo que concebimos como bien; pero si quisiéramos examinarlo un poco, fácil sería reducir a silogismos las razones que nos mueven. Si mi enemigo se engrandece, tiene mayores fuerzas que yo; si tiene mayores fuerzas, me ha de vencer: luego mi enemigo me ha de vencer. Así hace argüir el amor propio, o de esta manera: Yo no quiero a mi enemigo: los demás dicen que él es justo, piadoso y bueno: luego yo no amo a lo que es bueno y justo: luego pierdo de mi estimación para con los demás. O de esta forma: Lo bueno y justo es estimable: luego si los demás tienen a mi enemigo por bueno y justo, le estiman; si le estiman, no me aman, &c. Esto pasa dentro de nosotros a veces sin repararlo, y por eso cuando oímos a alguno que alaba a nuestro contrario, pareciéndonos por las razones propuestas, que cuanto el contrario es más digno de alabanza, tanto menos lo somos nosotros, intentamos con artificio rechazar las alabanzas, o ponerlas en duda, o culparle en otras cosas, que puedan obscurecer las alabanzas, y no sosegamos hasta que estamos satisfechos, que ya los demás nos han creído. Todo esta lo ocasiona el amor propio, haciéndonos creer que quedamos privados de un gran bien, cuando le tiene nuestro contrario, o que el creer los demás que nuestro contrario es bueno y justo, se opone a nuestra utilidad y conservación. De esto nacen tantas injurias y falsedades, que se atribuyen recíprocamente los Escritores, que son de pareceres opuestos. Los hombres muy satíricos de ordinario tienen desordenadísimo amor propio, y continuamente ejercitan la sátira, porque quieren ajar a los demás, y hacerse superiores a todos. Por esta razón han de considerar los que escriben sátiras, que para ser buenas han de hacer impresión en el entendimiento, y no han de herir al corazón, porque como el satirizado tiene también amor propio, se moverá a abatir en el modo que pueda al Autor de la sátira, y estas luchas pocas veces se hermanan bien con la humanidad. Esto no suele suceder así cuando se reprenden defectos en general, porque entonces no se excita el amor propio de ningún particular.

83 El amor propio hace que un hombre se alabe a sí mismo; y el amor propio es la causa por que no podemos sufrir que otro se alabe en nuestra presencia. El que se alaba a sí mismo, se engrandece, porque se propone como sujeto lleno de cosas que dan estimación. Si lo hace delante de otros, se supone poseedor de cosas buenas, que los demás no tienen, o que él las tiene con preeminencia; o a lo menos lo hace para que los demás den el justo valor a su mérito. El amor propio de los demás no consiente esto, y así no pueden tolerar que otro se haga mayor, ni pueden sufrir que otro sea superior en cosas buenas, porque si lo fuera, sería mayor y digno de mayores bienes; y como nunca queremos ser inferiores a los demás, ni sufrimos que otros nos excedan, ni que sean más dignos de los bienes que nosotros, por eso nos parecen mal las alabanzas. Si otro dice estos elogios del mismo sujeto, no solemos sentirlo tanto, y entonces sólo los admitimos, o rechazamos, según la pasión que nos domina; pero si uno

mismo se alaba en nuestra presencia, siempre lo sentimos, porque nunca podemos sufrir que venga alguno, que a nuestra vista quiera hacerse mejor que nosotros. Por esto el alabarse a sí mismo es grandísima necedad, porque como cada uno se estima tanto, creen los demás que se alaba por amor propio, y por la estimación que se tiene, y no con justicia; y como el que se alaba irrita al amor propio de los demás, él mismo hace que los que escuchan las alabanzas, las miren con tedio, como opuestas a su grandeza, y así están menos dispuestos a creerlas. Con que es necio, porque no consigue el fin de la publicación de sus alabanzas, es a saber, que los demás le crean; y lo es también, porque está tan poseído del amor propio, que le hace creer, que es un modelo de perfección, y no le deja conocer su flaqueza. No obstante es cosa comunísima alabarse a sí mismos los Escritores de los libros. Si un Autor ha pensado una cosa nueva, cada instante nos advierte, que esto lo ha inventado él solo, y que hasta entonces nadie lo ha dicho. Es bueno que los lectores conozcan esto; pero parece muy mal que el mismo Autor lo diga. Los títulos, de los libros muestran el amor propio de sus Autores, porque poner títulos grandes, pomposos, magnificos, y llenos de términos ruidosos, prueba que su Autor ha hecho de sí mismo y de sus escritos un concepto grande e hinchado. Por esto alabaré siempre la modestia en los títulos. Las coplas, décimas, sonetos, y otras superfluidades, que vemos al principio de algunos libros, significan dos cosas, es a saber, que hay grande abundancia de malos Poetas, y que el Autor gusta que los ignorantes le alaben, lo cual es efecto de desordenado amor propio. Las aprobaciones comunes son indicio del amor propio de los Escritores, y de sus Aprobantes. El Autor de un libro precisamente ha de conseguir que le alaben sus amigos, si los busca de propósito para este efecto. Los Aprobantes tienen el estilo de quedarse admirados a la primera línea, pasmados a la segunda, y atónitos antes de acabar la cláusula. De suerte, que este es el lenguaje común de los Aprobantes, que sean buenos los libros, que sean malos, y es porque no gobierna al juicio en las alabanzas la justicia, sino el amor propio. Por esto vemos que los Aprobantes no dejan de manifestar su erudición, aunque sea común, y citan Autores raros para hacerse admirar (exceptuando a Casiodoro, que se cita en las aprobaciones por moda y estilo), y todas estas cosas las hace el Aprobante por mostrar su saber, con la ocasión, o pretexto de hacer juicio del escrito.

84 Las satisfacciones impertinentes que dan los Autores en los Prólogos, son efectos del amor propio. El Prólogo se hace para advertir algunas cosas, sin cuyo conocimiento no se penetraría tal vez el designio de la obra; o para dar a los lectores una descripción general de ella, para que se muevan con mayor afición a leerla. Pero no poner en los Prólogos sino escusas, ponderaciones de su trabajo, y dejar a los lectores para que juzguen si ha cumplido, o no con la empresa, son exageraciones que ocasiona el amor propio. ¿Pues qué diremos de los perdones que piden? Pocas veces piden perdón a los lectores por humildad, y casi siempre le piden por amor propio, porque creen con estas prevenciones hallar mejor acogida en ellos. Después nos dicen, que los amigos, o alguna grande persona los ha obligado a imprimir el libro, y no se olvidan de hacer poner en la primera hoja su retrato, para que todos conozcan tan grande Escritor. Cuenta el P. Mallebranche (a : Mallebranch. Recherch. de la verit. tom. I, liv. 2. chap. 6. pág. 417.), que cierto Escritor de grande reputación hizo un libro sobre las ocho primeras proposiciones de Euclides, declarando al principio, que su intención era sólo explicar las definiciones, peticiones, sentencias comunes, y las ocho primeras proposiciones de Euclides, si las fuerzas y la salud se lo permitían; y que al fin del libro dice, que ya con la asistencia de Dios ha cumplido lo que ofreció, y que ha explicado las peticiones y definiciones, y ocho primeras proposiciones de Euclides, y exclama: Pero ya cansado con los años dejo mis tareas; tal vez me sucederán en esto otros de mayor robustez, y de más vivo ingenio.

85 Quién no creyera, que este hombre con tantos aparatos, y deseando salud y fuerzas, había de hallar la cuadratura del círculo, o la duplicación del cubo?
Pues no hizo otra cosa, que explicar las ocho primeras proposiciones de la Geometría de Euclides, con las peticiones y definiciones; lo cual puede aprender cualquiera hombre de mediana capacidad en una hora y sin maestro ninguno, porque son muy fáciles, y no necesitan de explicación. No obstante habla este Autor como si trabajara la cosa de mayor importancia y dificultad, y teme que le han de faltar las fuerzas y deja para sus sucesores lo que él no ha podido ejecutar. Este Autor estaba enamorado de sí mismo, y sus inepcias las proponía como cosas grandes, porque el amor propio le obscurecía al juicio. Y aunque cualquiera conocerá, que detenerse en semejantes ponderaciones es cosa estultísima, no obstante la fuerza con que se aman los Autores hace que en los Prólogos no se lean sino estas excusas, u otras del mismo género (a).
Antes que el P. Mallebranche satirizó estos y otros defectos de los Prólogos, con mucha gracia y agudeza, nuestro Cervantes en el admirable Prólogo de su D. Quixote.


(a) Sed quid ego plura? Nam longiore praefatione, vel excusare, vel commendare ineptias, ineptisimum est. Plin. Jun. lib. 4. epist. 14.

86 Una de las cosas más importantes para adelantar las letras es comentar, explicar, y aclarar los Autores originales fundadores de ellas; de modo, que si los comentos (comentarios) son buenos, dan mucha luz a los que se quieren instruir en las Ciencias. Mas aunque esto sea así, el amor propio ocasiona mil extravíos en los Comentadores. Uno de ellos es la erudición que emplean en explicar un lugar claro y fácil del Autor principal, lo que hacen por mostrar que saben mucho, y por dar a entender que son hombres capaces de comentar, e ilustrar las cosas más difíciles. Si encuentran en Virgilio el nombre de un río nos derrama el Comentador el principio, el fin, y la carrera de aquel río: nos dice cuantas cosas ha hallado en los Autores sobre el asunto; y por decirlo de una vez, hace un comento largo para explicar una palabra fácil de entender; y no hace otra cosa que llenar el cerebro de los lectores de noticias comunes, y tal vez falsas. Si el Poeta nombra a un Filósofo de la Grecia, se le presenta la ocasión oportuna de explicar la vida, los hechos, y sentencias del Filósofo y nos da un compendio de Laercio, de Plutarco, y de todos los antiguos que han tratado del asunto. Así se ve claramente, que esto no lo hacen por esclarecer los Autores, ni por hallar la verdad, sino por adquirir fama de hombres eruditos. Dirá alguno, que los Comentadores no piensan en estas cosas cuando emprenden el comento; pero si me fuera lícito decirlo así, yo diría que el amor propio lo piensa por ellos.
Este es un enemigo que obra secretamente y con grande artificio, y si los Comentadores hacen reflexión conocerán, que no tanto los obliga a hacer los comentos el querer ilustrar a un Autor, como querer acreditarse ellos mismos.

87 El amor propio engaña también a los sabios aparentes, haciéndoles creer que son sabios verdaderos, y que les importa que los demás lo conozcan. Sus artificios se hallan explicados con gracia y agudeza en la Charlatanería de los Eruditos de Menkenio; pero aquí advertiré solamente algunas particularidades para que los conozcan mejor, y los traten según su mérito. Una de las cosas que más comúnmente hacen los falsos sabios es hinchar la cabeza con lugares comunes de Cicerón, de Aristóteles, de Plinio, y de otros Autores recomendables de la antigüedad. Después de esto cuidan mucho en tener en la memoria un catálogo copioso de Autores: y si se hallan en una conversación, vierten noticias comunísimas, y dicen que ya Cicerón lo conoció, que ya se halla en Aristóteles, y luego añaden, que entre los modernos lo trata bien Cartesio, y mejor que todos Newton. Si tienen la desgracia de encontrar con uno, que esté bien fundado en las Ciencias, y haya leído estos Autores, y les replica, mudan de conversación, y así siempre mantienen la fama entre los que no lo entienden. Lo mismo hacen en los libros, citan mil Autores para probar lo que no ignora una vieja. Y una vez vi uno de estos, que en una cláusula de cinco lineas citó a Liebre, y a Burdanio para probar una friolera. Es tanta la inclinación que tienen los poco sabios a citar Autores, y mostrarse eruditos, que uno de ellos en cierta ocasión hablaba de la batalla de Farsalia, que no la había leído sino de paso en alguno de los libros que no tratan de propósito de la historia de Roma, y se le había hinchado la cabeza de manera, que decía: Grande hombre era Farsalia, y Farsalia no fue hombre grande, ni pequeño, sino un campo, o lugar donde se dio la batalla entre César y Pompeyo. Semejantes desórdenes ocasiona el querer parecer sabios; y es cosa certísima, que por lo común es mejor la disposición de entendimiento de los ignorantes, que la de los sabios aparentes, porque estos son incorregibles, y aquellos suelen sujetarse al dictamen de los entendidos.

88 Ninguno ha descubierto mejor las artes, y mañas artificiosas de los falsos sabios que el P. Feyjoó en un discurso, que intitula: Sabiduría aparente (a).
(a) Feyjoó Teatr. Critic, tom. 2. pág. 179. y sig.
Al mismo tiempo ninguno, sin pensar en ello, ha criado más sabios aparentes que este Escritor. Como trata tantos y tan varios asuntos, y los adorna con mucha erudición, estos semisabios vierten sus noticias en las conversaciones, en los escritos, y donde quiera que se les ofrece. El perjuicio que de esto se sigue es, que se creen sabios solo con leer a este Autor. Si los asuntos que trata Feyjoó son científicos (estos en toda la extensión de sus obras son pocos), no se pueden entender sin los fundamentos de las Ciencias a que pertenecen; y no teniéndolos muchos de los que le leen, cuando se les ofrecerá hablar de ellos, lo harán como falsos sabios. Si son asuntos vulgares, que es el instituto de la obra, la materia es de poca consideración, y sólo los adornos la hacen recomendable. Los puntos históricos, filosóficos, y críticos, de que están adornados los discursos, piden verse en las fuentes para usar de ellos con fundamento, ya porque alguna vez no son del todo exactos, ya también porque desquiciados de su lugar y trasladados a otro, no pueden hacer buena composición sino con el orden, método, y fines con que los propusieron sus primitivos Autores. Al fin de su discurso dice el P. Feyjoó, como hemos ya insinuado, y conviene repetirlo:
El Teatro de la vida humana, las Polyanteas (bien pudiera añadirse el infinito número de Diccionarios de que estamos inundados), y otros muchos libros donde la erudición está hacinada, y dispuesta con orden alfabético, o apuntada con copiosos índices, son fuentes públicas, de donde pueden beber, no sólo los hombres, mas también las bestias. El mal uso de las obras de este Escritor puede producir el mismo efecto.