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domingo, 17 de octubre de 2021

Capítulo XIV. De la Demostración.

Capítulo XIV.

De la Demostración.

44 Cuando las verdades fundamentales, o las máximas que se deducen de ellas, sirven de premisas en un silogismo bien dispuesto, el consiguiente es cierto y evidente, y el tal silogismo se llama demostración; la cual no es otra cosa que un conocimiento cierto y evidente de las cosas, deducido de premisas evidentes y ciertas. Llamamos cierta la verdad de que estamos asegurados, como que no puede faltar: evidencia es el conocimiento que además de ser cierto y seguro, nos muestra la verdad con la claridad misma con que solemos ver las cosas.
Así la certeza como la evidencia se consiguen, o por medio de la observación experimental de los sentidos, o por los principios de la recta razón. Tan cierto y evidente es para mí, que es injusto un agravio que se me hace, lo cual conozco por la razón, como que estoy padeciendo en mi cuerpo cuando tengo un dolor, lo cual alcanzo por los sentidos. Con la misma certeza y evidencia que tengo de que el Sol trae luz y calor, que es verdad sensible, estoy asegurado que el Sol ha recibido estas fuerzas de Dios, lo cual es verdad de razón; porque así como soy llevado a creer que el Sol trae consigo estas cosas, porque por sí mismas nunca subsisten, y en la presencia del Sol nunca faltan, ni más ni menos conozco que el Sol de sí mismo no tiene esta potencia por aquel principio experimental, que ningún ser corpóreo viene de sí mismo, sino de otra causa, y otro de razón natural, que no han de ir estas causas hasta el infinito, sino terminar en un ser que sea el origen y principio de todos los movimientos, y a este ser llamamos Dios. Así que la demostración se ha de componer precisamente de verdades primeras, o de máximas, que tengan necesaria conexión con ellas. Si hacemos patente esta conexión en lo que tratamos, decimos que lo hemos demostrado; si no hemos llegado a eso, hemos de procurarlo, ordenando las verdades (en las Escuelas las llaman pruebas) de silogismo en silogismo, hasta encontrar el enlace de lo que intentamos probar con las verdades fundamentales. En llegando a estas no se ha de pasar más adelante, porque son evidentes por sí mismas, y en viéndolas no hay entendimiento que no quede asegurado y convencido: de modo, que dicen bien los Escolásticos, que no se ha de disputar con los que niegan los principios, y que lo que es por sí mismo claro, no necesita de pruebas. Sea esto dicho de paso contra los Escépticos importunos y tupidos, que no se rinden a la misma evidencia. Lock no estuvo constante tratando de esto. Concede que el conocimiento intuitivo es cierto y evidente, y que con él estamos asegurados de la verdad. Llama intuitivo el conocimiento con que alcanzamos las cosas sin necesitar de otro conocimiento, como son las verdades primitivas, y primeros principios de que hemos hablado. Dice también, que es cierto y evidente, aunque la evidencia no es tan clara, lo que se prueba por necesaria conexión con los conocimientos intuitivos (a). Tratando después de las máximas, que sirven de fundamento a los Filósofos para discurrir con acierto, las cuales son verdades fundamentales, deducidas y conexas con las primitivas, aunque no las tiene por absolutamente inútiles, las rechaza como de poco uso, y en algunos casos como dañosas para alcanzar la evidencia (b). El extremo con que este y otros modernos persiguen las Escuelas, hace que en algunas ocasiones no guarden perfecta consecuencia en la doctrina. Lo cierto es, que unas veces el entendimiento en una cosa remota ve con claridad la conexión que tiene con las verdades primitivas, especialmente si es agudo, sagaz, y habituado a raciocinar, y al punto asiente, o disiente a ella, como que tácitamente, y en un momento descubre todo el enlace de razonamientos con que se llega a los primeros principios: otras veces no ve tan de cerca esta conexión, y entonces conviene pararse,
y ir descubriendo el enlace de las verdades, para quedar asegurado.

(a) Lock Essai de l´entendem. lib. 4. cap. 2.pág. 432. y sig.

(b) Lock lib. 4. cap. 7. §. II. pág. 495. y sig.


45 Resta ahora proponer algunas advertencias para hacer bien las demostraciones. Toda demostración ha de tener por objeto las cosas universales, porque de las singulares no puede haberla. Conócense las singulares con toda evidencia por la aplicación de los sentidos a las cosas, y de la mente a las primeras nociones; pero no se demuestran, ni lo necesitan, porque no es menester otro medio distinto de ellas mismas para alcanzarlas.
La presencia de la luz, lo pesado y liviano, el movimiento, el frío y calor, y otras cosas a este modo con sola la aplicación de los sentidos son evidentes: como lo son también las primeras y simples nociones que tiene el entendimiento, y sirven de
basa, y ocasión al ingenio para formar demostraciones. Es verdad, que los universales se forman de los singulares; pero solo se hace abstrayendo de estos los atributos comunes, los cuales son los que aprovechan para demostrar las cosas. En cada ente singular, además de los predicados comunes, hay una particularidad tan propia suya, que no se halla en otro ninguno aun del mismo género. Los Griegos la llamaron *gr idiosincrasia, de la cual se trata extensamente en la Medicina, y no está sujeta a demostración por ser especial y propia de cada individuo. De esta singularidad nace la distinta cara, genio, y especial temperamento de los hombres; y debe esta conocerse por observación particular, que sólo sirve para aquella determinada cosa donde reside, y no puede demostrarse, porque no hay medio, antecedente, ni principio a que reducirla, por ser única. Debe también la demostración ser de cosas necesarias y perpetuas, porque así será siempre verdadera, puesto que las cosas contingentes y que pasan, por su misma mutación están expuestas a la incertidumbre. Por eso las definiciones y divisiones lógicas bien hechas son los medios más a propósito que hay para las demostraciones; y bien se ve que los predicados esenciales son perpetuos y permanentes, y siempre unos mismos en las cosas, porque ni se engendran de nuevo, ni se acaban: hácense sólo de nuevo, y se destruyen los singulares individuos que los contienen. Para entender esto físicamente puede servir lo que hemos dicho de los elementos, y de las semillas en el discurso sobre el Mecanismo (a : Pág. 74. y sig.). Sirve asimismo para demostrar las cosas el conocimiento de sus causas. Para proceder en esto con acierto, especialmente en el estudio de la naturaleza, cuyas demostraciones casi siempre se hacen por este camino, conviene saber que por causa no entendemos sólo la eficiente, sino también la material, que es el sujeto y basa de que se compone una cosa: la formal, que es el conjunto de caracteres con que se distingue de otras:
la instrumental, que es el medio con que se forma: la final, que es el fin a que se endereza. De todas estas hablaba Virgilio cuando decía: dichoso aquel que puede conocer las causas de las cosas (a), &c; y con razón, porque es sumamente útil conocer y distinguir cada una de las causas propuestas. El no haber cosa ninguna en que no concurran estas causas, es el motivo de ser útiles para las demostraciones, y de ahí ha nacido la máxima fundamental tantas veces inculcada de Wolfio: nada se hace sin razón suficiente (b). Por esto han culpado muchos a Verulamio, que quitó del estudio de la Física las causas finales, dando motivo con esto a introducir el Epicurismo. Siendo, pues, preciso que estas causas estén conexas con las cosas, dimanan de ahí dos suertes de demostraciones: unas prueban las cosas por sus causas, y se llaman à priori: otras descubren las causas por sus efectos, y se llaman à posteriori; y ambas tienen su fuerza en el necesario enlace con que las cosas y sus causas deben estar juntas. En la naturaleza hay ciertas leyes generales, que siempre se guardan: hay otras especiales y propias, que solo en ciertos casos se observan. Las primeras conviene reducirlas a demostraciones por máximas universales, ya se demuestren a priori ya a posteriori. De esta clase son los aforismos de Hipócrates: algunas máximas de la Física, aunque no tantas como se cree: y las leyes generales, que van propuestas al principio de mis
Instituciones Médicas. Para hacer las demostraciones a priori, conviene examinar las causas evidentemente sensibles, notando el modo como concurren en sus efectos.
La vida de los animales no se puede mantener sin la respiración.

(a) Virgil. Georgic. lib. 2. vers. 490.

(b) Wolf. Ontolog. Pars I. sec. I. cap. 2. §. 70. pág. 28.

El aire aun del modo que se hace sensible es preciso para respirar: luego el aire es preciso para mantener la vida de los animales. Las dos premisas de esta demostración son evidentes y experimentales. Aquello que estando presente excita los animales y las plantas a la propagación, influye en la generación de estas cosas: el Sol con su presencia excita los animales y las plantas a la propagación: luego el Sol influye en la generación de estas cosas. A este modo pueden formarse muchas demostraciones a priori sobre la necesidad del agua para la vegetación y nutrición, sobre el frío y el calor, sobre las pasiones del ánimo y sus efectos, y, por decirlo de una vez, sobre todas las cosas, cuyas causas se presentan a los sentidos. Lo justo y honesto son verdaderos bienes: todo bien verdadero es digno de ser estimado: luego lo justo y honesto es digno de ser estimado. En esta demostración a priori las premisas son principios de razón natural; y de un modo semejante se puede demostrar la inmaterialidad e inmortalidad del alma: la existencia de Dios como primera causa, y otras cosas de esta clase, como pienso hacerlo en otra parte.

46 Para hacer las demostraciones a posteriori, conviene saber que hay ciertas causas que obran en la naturaleza ocultamente, de modo que en sí mismas no se presentan a nuestros sentidos, y solo llegamos con ellos a percibir sus efectos. El aire en muchas ocasiones influye en los cuerpos sin hacerlo por ninguna cualidad sensible, sino por una oculta fuerza (Hipócrates la llama divina), que sólo nos consta por los efectos que causa. A este modo son ocultas muchas enfermedades internas, las virtudes y modos de obrar de los venenos, y otras muchísimas cosas, de modo que en esta linea en lo físico, debemos confesar, que es más lo que ignoramos que lo que sabemos. Mas los efectos que así vienen de causas ocultas son en dos maneras: unos son totalmente inseparables de su modo de obrar, porque dimanan inmediatamente del poder de la causa, que dejaría de serlo si no los produjese: otros son contingentes, como que para su producción se requieren ciertas circunstancias en el sujeto en que obran, las cuales, por ser varias, hacen diversidad en la producción. A los primeros llamaron los Griegos *gr Epiphenomenos, que quiere decir que se manifiestan juntos con la causa: a los segundos *gr Epigenomenos, que vale tanto como que vienen después. Unos y otros se ven en las enfermedades, en las plantas, y en las más de las producciones de la naturaleza. Con los Epiphenomenos, formando primero historias exactas de ellos, se hacen demostraciones a posteriori, en que se descubre la actividad e influencia de las causas ocultas: con los Epigenomenos bien observados se conoce la vehemencia y éxito, o término de la operación. De ambos me he valido yo en mi Práctica Médica para manifestar las enfermedades por sus síntomas, dando de este modo el conocimiento más fijo que se puede tener en estas cosas. Como el corazón del hombre es oculto, las demostraciones de los Políticos, si es que las hay, pertenecen a esta clase. Los Lógicos dicen, y conviene confesarlo, que las demostraciones a posteriori nunca son tan exactas ni tan fijas como las que se hacen a priori. No pongo ejemplos de esto, porque todos mis escritos Físicos y Médicos están llenos de ellos; o, por decirlo más claro, he procurado que fuesen un ejemplo de estas reglas. Por lo que llevamos propuesto se echa de ver cuánta diligencia, sagacidad, exactitud, y examen se requiere para hacer buenas demostraciones, y cuán distantes de serlo están muchas que se dan por tales en los libros modernos. El Genuense ha llenado de este especioso título casi todos sus argumentos, y bien mirados, apenas llegan muchos de ellos a una fundada probabilidad. Tan lejos están de la demostración. Estos efectos, así necesarios como contingentes, son los signos de sus causas, de modo que los primeros la descubren con seguridad por su necesaria conexión con ella: los otros no la muestran con tanta firmeza. A los primeros llamaron los Griegos *gr techmerion, a los segundos, *gr semeion, y de ambos usó primero con mucho acierto Hipócrates en la Medicina: después hizo Aristóteles mención de ellos en su libro *gr de Interpretatione. Esta advertencia de los signos es de suma consideración, no sólo en las Ciencias, sino en el trato común. Descúbrense con ellos las cosas ocultas, con tal que se distingan los necesarios de los contingentes, y a cada clase se le dé el valor de certeza que le corresponde. Grandes errores se han cometido en las predicciones, adivinaciones, y profecías, por tener por signos fijos del primer orden los que no lo son: todavía se cometen mayores en lo político y en el trato civil, acostumbrándose los hombres con signos ligeros (llámanse sospechas) o muy contingentes, que a lo más hacen conjeturas, a asegurar la intención de los que censuran. La mayor parte de los juicios temerarios nacen de la mala observación y poca diligencia que se tiene en estos signos. Lo que hemos dicho hasta aquí ha de entenderse de los signos naturales, porque las cosas que indican a otras por instituto de los hombres, como los vocablos de las lenguas provinciales, y el ramo sobre la puerta, que en algunos lugares significa el vino para vender, y otras cosas a este modo, fácilmente se entiende lo que significan, si se pone cuidado en el uso que los hombres a su beneplácito les han dado. La doctrina de los signos bien entendida es sólida, y debe ocupar en la Lógica el lugar que los Escolásticos dan a su tratado del Signo, donde no se explica nada útil, y todo se reduce a cuestiones pueriles, que emboban a los niños, y con ellas sin aprender cosa alguna, se hacen tenazmente disputadores, y porfiados.

domingo, 1 de noviembre de 2020

19

19 Es preciso decir alguna cosa de la Lógica de Antonio Genuense por andar hoy en manos de todos. Este Escritor es de varia lección, y en todos las asuntos que trata la introduce, no siempre con la perspicuidad que es necesaria, porque le es común amontonar noticias de Autores antiguos y modernos en cada materia sin el discernimiento, que han de menester los Lectores para tomar partido. Es también sumamente apasionado por los Filósofos modernos, porque continuamente está declamando contra la Filosofía antigua, y celebrando los Autores de la nueva. El método geométrico, que usa en su Metafísica, está sujeto a todas las imperfecciones que hemos notado en el párrafo antecedente, y estamos ciertos que ninguno se instruirá bien en los fundamentos de la Filosofía por la obra del Genuense: a los que ya estén instruidos les servirá de entretenimiento filosófico su letura por la variedad de especies que lograrán con ella. Esto es aquí de paso: en otra obra daremos con más extensión la crítica de los escritos filosóficos del Genuense. En la Lógica le sucede lo mismo que a Wolfio, porque definiéndola Arte que aumenta, forma, y rige la razón y el juicio en el estudio de la sabiduría (b:Ars Logico-Critic. Proleg. §. 9. pág. 3. edic. de 1766.), se ve precisado a meter en la Lógica todas las Ciencias, pues que todas aumentan, forman, y gobiernan el juicio y la razón. Efectivamente en su Lógica trata de todo, especialmente de la crítica, y la mayor parte de los asuntos pertenecen a otras Artes, de suerte que sin el conocimiento de ellas no sirve esta Lógica, y lo que en ella se trae para las Ciencias no son más que piezas sueltas para formar hombres que hablen de todo con poca solidez y profundidad. Lo cierto es, que lo que hay de Lógica en esta obra es muy poco; pero lo que en montón hay de otras Ciencias es muchísimo. Es verdad que ha mostrado no gustar mucho de Wolfio, especialmente por no haber este juntado la Crítica con la Lógica, y por haberse atado demasiadamente a Leibnitz (a); pero el que coteje la Lógica del Genuense y la de Wolfio verá, que en la abundancia de asuntos, materias, y orden de tratados, tienen mucha semejanza y conformidad. Hablando de la Filosofía Ecléctica dice, que es la más principal para los Teólogos (b). Mas conviene advertir que el Eclecticismo es necesario en la Filosofía y demás Ciencias humanas; pero de la Teología debe apartarse siempre, porque los certísimos principios de la escritura y tradición, en que ha de fundarse, no dan lugar al Teólogo, como tal, para hacerse Ecléctico. Hablando de la Teología Gentílica y de las fuentes de donde ha de tomarse (c), cita entre los antiguos Padres a Clemente Alexandrino, Eusebio, Arnobio, Lactancio, y San Agustín, advirtiendo que no siempre hablan como Filósofos, sino alguna vez como Oradores, y que deben leerse con esa advertencia. Al mismo tiempo alaba sumamente para esto a Vosio, Burnet, y otros tales, sin ponerles nota ninguna; y quisiera yo que esto se hubiera hecho al rebes, porque quien haya leído a Clemente Alexandrino, a Lactancio, y a San Agustín sobre la Teología de los Gentiles, conocerá que son originales de estos modernos, y que es muy grande la ventaja que les llevan en estos asuntos. Del mismo modo me disuena la alabanza que hace del Espíritu de las leyes, que dice ser obra que excede con grandes ventajas a todos los sistemas políticos (d), porque demás de ser muy pomposa, debiera ir acompañada de los grandísimos defectos que hay en ella, para que los Lectores se aprovechasen de lo bueno y evitasen lo malo.

(a) Logic. Prolegom. §. 48. Y 49. pág. 20. y lib. 2. cap, 5. §. I. en la nota pág, 92.
(b) Logic. lib. I. c. 5. §. 16. pág. 69.
(c) Logic. lib. 2. c. 5. §. 9. pág. 95.
(d) Logic. lib. 2. c. I. § 4. pág. 104.

De Lactancio dice que hizo burla de los Antípodas, y que por eso ahora los niños se rien de él (a).
A mí me parece, que si los niños se rien de Lactancio, los prudentes le disculpan. Es digno de notarse lo que dice de los Escritores de Metafísica, es a saber, que con trabajo se hallará un Metafísico que haya evitado, o el fanatismo, o el materialismo (b). Esta advertencia por esta mano es muy apreciable por la afición que este Autor tiene a los modernos, cuyos tratados de Metafísica no se pueden leer sin esa cautela. También es digno de notarse lo que trae en estas palabras: "En el presente siglo (dice) basta en una conclusión de Física citar a NEWTON, para que sin otro motivo se tenga por verdadera. Así sucedió en otro tiempo, que las inepcias de algunos sabios, de las cuales Diógenes Laercio ha llenado sus libros, se alabasen. De aquí nace también, que un poco de erudición en los nobles y en las matronas se levanta hasta el Cielo, cuando en otros fuera ignorancia. Los libros de la otra parte de los montes son recibidos de los nuestros a ojos cerrados, como si el entendimiento y la razón se hubiesen ido a estar entre los Franceses y los Ingleses, y nosotros hubiéramos quedado brutos (c)". Muy del caso fuera que los nuestros, como lo hacen en otras cosas, creyeran en esto al Genuense.