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miércoles, 5 de mayo de 2021

LIBRO PRIMERO. 1-5

LIBRO PRIMERO.

Capítulo I.


De las operaciones del alma en general.

El hombre se compone de dos partes esenciales, es a saber, Cuerpo, y Alma. El Cuerpo es substancia material y sensible, y organizada de modo que cada una de sus partes contiene un artificio maravilloso, y todas juntas conspiran a producir las acciones especiales que le pertenecen. El Alma es substancia espiritual, inmortal, indivisible, criada por Dios, que la introduce en el Cuerpo cuando ya este se halla con las disposiciones, y organización necesaria para recibirla. Mas es de admirar, que siendo de naturaleza tan diferente el Cuerpo, y el Alma, se unen entre sí tan estrechamente mientras dura la vida, que el uno no puede obrar sin dependencia del otro, de suerte, que las cosas que tocan al cuerpo las percibe el alma, y esta comunica especiales movimientos al cuerpo.

2 Y aunque sea verdad, que no podemos comprehender claramente el modo con que una substancia espiritual se une con otra material, ni de qué manera recíprocamente concurren a producir las operaciones; no obstante si atendemos con cuidado lo que pasa dentro de nosotros, cuando pensamos, o queremos alguna cosa, y reflexionamos en lo que entonces nos sucede, descubriremos con bastante certidumbre la unión de estas dos substancias, y el origen de sus principales operaciones.

3 Las acciones que el hombre ejercita, o son materiales y corpóreas, o espirituales. El Alma es a la verdad la causa principal de todas; pero se diferencian entre sí, porque las primeras se executan por disposición del cuerpo, y las segundas especialmente existen en el Alma. El movimiento del brazo, lengua, y piernas: el del corazón, nervios, y todos los murecillos del cuerpo, proceden del Alma, y no obstante con razón se llaman corpóreos, porque todos se ejercitan con el cuerpo. Pero el imaginar, discurrir, juzgar, y por decirlo de una vez pensar, y querer, son acciones espirituales propias del Alma. Estos son principios ciertos tomados de la Física y Animástica, y nos valemos de ellos como presupuestos bien seguros para averiguar lo que pertenece a la Lógica.

Capítulo II.

De las operaciones mentales del Alma.

4 Así como el cuerpo humano consta de distintas potencias con que ejercita muy diversas operaciones, las cuales conspiran a un mismo fin, que es la conservación de la vida, con orden maravilloso entre todas ellas, del mismo modo en el Alma hay varias facultades, potencias, y fuerzas con que produce muchos actos, que todos conspiran, se ordenan, y mutuamente se ayudan al fin de ejercitar la razón. Iremos aquí descubriendo estas potencias del Alma, según el orden que naturalmente guardan en sus operaciones: mostraremos los objetos de cada una de ellas: y manifestaremos como todas se ayudan y concurren al ejercicio de la racionalidad. No solo los Filósofos antiguos, sino también los modernos tratan este asunto con suma confusión, atribuyendo a una potencia lo que es de otra, y mezclando entre sí las cosas que debieran separar, de donde nace mucha obscuridad, y de ella muchos errores y falsedades, de que están llenos los libros antiguos y modernos de Lógica. La misma naturaleza enseña a todos los hombres, si quieren ser atentos en observar lo que pasa en su interior, que nada hay en su entendimiento que no haya tomado ocasión de los sentidos. En el ejercicio de la Medicina tenemos todos los días motivo de asegurarnos de esto en las varias suertes de males, en que se dañan los sentidos, y la razón. Un hombre que por la mañana usaba de sus sentidos y demás potencias mentales, por la tarde, acometido de una fuerte apoplegía, ni siente, ni razona, y así está como un tronco mientras dura la enfermedad. La primera potencia, pues, que hay que explicar es la sensible, porque es la puerta por donde entran al entendimiento los primeros objetos sobre que se ha de ejercitar. Las cosas de a fuera, que se presentan a nuestros sentidos, se llaman objetos sensibles. Cuando se aplican a los órganos de los sentidos, ya sea por sí mismas, ya por partículas que de si despiden, hacen empujo, o impresión en ellos. Al punto que esto sucede, percibe el hombre el objeto por una alteración que en si experimenta, debiéndose distinguir como cosas diversas el empujo del objeto y la percepción de él, pues aquel es puramente físico, y esta es producción de la potencia sensitiva. Esta potencia de percibir el objeto sensible se llama en Griego *gr: en Latín vis sentiendi: en las Escuelas principium sensationis: en Castellano fuerza, potencia sensible, o, como otros dicen, sensitiva: el acto de esta potencia, esto es, la alteración nueva que se experimenta a la presencia del objeto en los órganos de los sentidos, se llama en Griego *gr: en Latín sensus: en las Escuelas sensatio: en Castellano sensación o percepción de los objetos sensibles. Pongamos un ejemplo. Tocan a uno el pie con un palo, o acercan a las narices una rosa: el palo y la rosa son objetos sensibles del tacto y del olfato: el inmediato contacto, aproximación activa de estos objetos a los sentidos es el empujo, impresión que hacen en ellos: la advertencia (permítaseme usar de esta voz) percepción que el hombre tiene de estos objetos, y de la impresión de ellos en su cuerpo es la sensación. A este modo sucede en todos los demás sentidos.

5 Luego que se ha hecho la percepción de los objetos sensibles, instantáneamente se forma en lo interior del hombre una imagen, forma, o expresión del objeto, de modo que se pinta su figura, hábito exterior, y forma, que encierra los caracteres distintivos de cada cosa. La potencia de engendrar esta imagen se llama en Griego *gr: en Latín imaginatio: en Castellano fantasía, imaginación. El acto de esta potencia, esto es, la imagen o representación del objeto sensible se llama en Griego *gr: en Latín imago, species, forma: en las Escuelas aprehensio; en Castellano imagen, representación de la cosa. Los modernos, desde que se ha introducido por todas partes el uso de la lengua Francesa, comúnmente le llaman idea con poca propiedad, y confundiendo las operaciones del entendimiento, como veremos en el capítulo siguiente. Hasta aquí no hay más que simple percepción del objeto sensible, y representación de él en la fantasía, sin afirmación, ni negación. Para quitar equivocaciones, así de lo dicho como de lo que se ha de decir en adelante, advierto, que la voz sensible en Castellano se toma como la latina sensibilis en dos significaciones, porque unas veces recae sobre la potencia, y se dice facultad, o fuerza sensible, que es como si dijéramos potencia de sentir: otras veces sobre el objeto; y así a este le llamamos sensible, que vale tanto como decir cosa que se puede percibir con los sentidos.

6 Síguese por el orden natural la potencia de combinar, esto es, juntar, unir, desunir, separar las imágenes de los objetos externos pintadas en la fantasía. Las potencias sensitiva e imaginativa tienen por objeto inmediato las cosas externas, que hacen impresión en los sentidos: esta potencia de que hablamos, y las demás que iremos explicando, tienen por objeto próximo las imágenes y representaciones de la imaginación, y por objetos remotos las cosas externas. Esta potencia de combinar, junta, o separa las imágenes simples de mil maneras diferentes. La unión la hace por la expresión es, la separación por la expresión no es. Estas expresiones se llaman cópula, porque atan las cosas entre sí, de modo que si las juntan se llama cópula afirmativa, y si las separan negativa. Esta potencia en Griego se llama *nonua: en latín intelligentia: en las Escuelas principium discursus: en castellano no sé que tenga nombre propio; pero su principal fuerza se explica con la voz ingenio, de la cual yo me valdré en esta Obra, puesto que llamamos así en Español la potencia mental con que el hombre inventa, descubre, halla, y compone, o descompone innumerables combinaciones de las cosas. La acción de esta potencia se llama en Griego *Evvoía: en latín cognitio, intellectio: en castellano inteligencia, conocimiento, comprehension. A dos clases se pueden reducir las innumerables combinaciones y enlaces de esta potencia, porque unas son simples, cuando una cosa se junta con otra, como Pedro es hombre, Pedro no es sabio: otras son compuestas, cuando se juntan algunas de las simples para formar otra, como el Sol ha salido: siempre que el Sol ha salido es de día: luego es de día. A la combinación simple llaman los Griegos *gr: los Latinos enuntiatio: en las Escuelas judicium, propositio: en Castellano proposición. La combinación compuesta se llama en Griego sylogismus: en Latín raciocinatio: en las Escuelas discursus: En Castellano razonamiento, discurso, argumento, sylogismo. Las varias afecciones de las proposiciones y sylogismos ya en afirmar y negar: ya en modificar, restriñir, ampliar: ya en conformarse con la verdad, o en fingir y falsificar con diversas combinaciones, se explicarán más adelante. Lo que conviene prevenir aquí es, que esta es la potencia, sobre la cual trabaja principalmente la Lógica, pues su instituto es entender, aclarar, y asegurar la legítima disposición que han de tener las combinaciones simples y compuestas, y cada una de las partes que las componen, y el todo que resulta en las proposiciones y sylogismos, con el fin de asegurarse de la verdad.

7 Resta explicar la potencia principal de la mente humana, superior en alcances y en dignidad a las que hemos declarado. Hay en el hombre una fuerza, facultad, o potencia de conocer la exactitud, orden, verdad, falsedad, proporción, propiedad, y buena constitución de los actos de las potencias propuestas, y de juzgar y conocer de ellas, descansando sobre lo que halla cumplido y conforme a lo verdadero, y no pudiendo quedar satisfecha con lo falso. En los brutos hay potencia sensitiva e imaginativa, porque estas pueden residir en lo corpóreo: no hay ni puede haber la potencia de combinar, y mucho menos la de juzgar de las cosas, porque estas dos son propias del hombre, y no pueden estar en cosa corpórea y material, sino en puro espíritu, como pienso demostrarlo por razones filosóficas en la Metafísica. Lo cierto es, que si el hombre entra dentro de sí mismo, meditando lo que le sucede en el ejercicio de estas potencias, y ve con cuidado lo que hacen y pueden hacer los brutos, conocerá claramente el orden superior en que está constituido sobre ellos, y que hay en su constitución un principio espiritual que le distingue de todo lo que no es hombre. Esta potencia de que hablamos se llama en Griego *nous: en Latín mens: en Castellano juicio. Los actos, u operaciones de esta potencia se llaman en Griego *gr: en Latín ratio: en Castellano razón; y conviene no confundir la razón con el raciocinio, porque este es el sylogismo que pertenece al ingenio, o potencia de combinar, y puede ser bien o mal ordenado; no así la razón, que siempre ha de ser justa, o arreglada a lo que corresponde. Esta potencia, que es la más superior de la mente, la más estimable, y la que más se debe cultivar, tiene por objeto inmediato los actos de las otras potencias ya explicadas, de modo que mirándolos juzga sobre ellos. Cuando se para porque no conoce ni distingue bien su objeto en todas sus circunstancias, este acto se llama suspensión de juicio: cuando contempla sus objetos, deteniéndose en examinarlos, atención: cuando juzga sobre ellos si son exactos, ordenados, verdaderos, &c. reflexión: si después de reflexionados se asegura de sus propias determinaciones, se llama conciencia. El modo que tiene de obrar es este: Hay ciertas verdades que pueden llamarse fundamentales, porque están plantadas en el alma, como veremos en el capítulo siguiente, y son el fundamento del juicio, las cuales son también la razón primitiva que sirve para ejercitarse esta potencia. cualquiera cosa es, o no es: es imposible que una cosa sea y no sea: las cosas que son una misma con una tercera, son también unas mismas entre sí, de la nada, entre las cosas criadas, no se puede hacer nada: el todo es mayor que su parte: si a cosas iguales se añaden cosas iguales, los todos quedan iguales: y otras muchas proposiciones, que tienen una firmísima certeza, sin que necesiten de probarse, porque todo el género humano está convencido de ellas, son los fundamentos sobre que obra la potencia de juzgar: y cuando halla conformidad entre los actos de las otras potencias, y estas proposiciones, asiente y descansa sobre ellas, como que son entonces conformes a la razón, o, lo que es lo mismo, se alcanza con la razón la unión, conformidad y enlace de los actos intelectuales con las máximas primitivas: al contrario si los halla disconformes, distantes, y no componibles con las verdades fundamentales, entonces disiente y los rechaza. Por eso nada le importa tanto al hombre como ilustrar esta potencia y gobernar bien sus actos. Los principios que para esto necesita, demás de los que llevamos propuestos, son los que subministran como seguros las Artes y Ciencias. La Religión le da máximas ciertas para juzgar lo que a ella toca: la Moral para buscar el bien y huir del mal: la Física para entender la naturaleza y juzgar de sus operaciones: la Jurisprudencia para conocer lo justo e injusto, la Política para gobernar los Pueblos con acierto; y así de las demás: de suerte, que cada cual debe trabajar en adornar esta potencia con máximas fixas y seguras, que le sirvan de norma para el ejercicio de la razón. Estas máximas, cuando son generales, van con la naturaleza: las particulares se aprenden con el buen estudio de cada Ciencia en particular. En la Lógica solo se ejercita el juicio, examinando si la potencia de combinar ha formado bien, o mal los raciocinios, pues el juzgar de las demás Artes no se ha de hacer por la Lógica, sino por los principios, o máximas fundamentales de cada una de ellas; bien que siendo uno de los modos más aptos para conocer la conformidad de los actos intelectuales con las primeras verdades el reducirlos a sylogismos, por eso la Lógica tiene un uso transcendental a todas las Ciencias. Los Griegos y Romanos primero, y después los Escolásticos, que siguieron sus pisadas, hablaron de estas potencias con mucha confusión, tomando unas por otras, y mezclando sin orden los actos de ellas, atribuyendo a una la operación que pertenece a la otra. Los modernos en lugar de quitar esta confusión, por lo común la han aumentado, como ha de confesarlo cualquiera que esté bien enterado de lo que llevamos propuesto, y los lea sin preocupación, lo cual es causa de haberse escrito entre muchas Lógicas muy pocas que sean exactas. En los vocablos ha habido todavía más confusión, porque a la poca exactitud de los Filósofos se ha añadido el uso del Pueblo, que es el árbitro de las lenguas. Yo he procurado escoger las voces más expresivas de los Autores, para que se uniese con la doctrina de ellos lo que propongo, y los he fixado para el uso determinado que de ellos he de hacer en este escrito. Si Huarte en su Examen de ingenios hubiera separado las potencias mentales y sus actos, atribuyendo a cada una lo que le corresponde, hubiera hecho singular su obra; bien que aun con la confusión que en esto tiene es muy digna de las alabanzas que le han dado los eruditos Extrangeros. Una cosa es preciso advertir, que en nuestra lengua la voz Entendimiento significa el conjunto de todas las potencias mentales, que llevamos explicadas; y Pensamiento los actos de estas mismas potencias, de cualquiera suerte que sean.

8 La Memoria es una potencia transcendental a todas las que llevamos propuestas. Su objeto son las imágenes de la fantasía. Forma esta necesariamente imágenes simples de las cosas que se presentan a los sentidos. Después las forma también de los mismos actos del entendimiento sensibillzándolos, esto es, haciéndolos en cierto modo sensibles, porque la verdad, justicia, igualdad proporción, relaciones que son objetos de las operaciones mentales, y aun los mismos actos del entendimiento sin ser sensibles, las pinta como si lo fueran, formando las imágenes de estas cosas por la similitud, composición, correspondencia y forma de otras que lo son. Así el Geómetra se fabrica una imagen mental del punto y dela llnea, como si fueran sensibles. Lo mismo hace el Aritmético, el Metafísico y el Jurisconsulto, cuando cada uno de estos forma en su imaginativa representaciones sensibles de los objetos insensibles de sus profesiones. Las combinaciones tantas y tan varias del ingenio, y las resoluciones del juicio las sensibiliza la imaginativa de la misma manera. El primer origen de estas imágenes viene de los sentidos, porque viene de los fantasmas, o representaciones simples que la fantasía forma de las cosas; pero, como he dicho, de las simples, que son legítimas, fabrica otras, que solo representan en alguna semejanza los actos mentales; y conviene no dexarse llevar de las imágenes así formadas, porque, ni son exactas, ni a propósito para que por ellas se asegure el juicio de la realidad de las cosas. También se ha de cuidar de no confundir estas imágenes mentales con los principios de juzgar que tiene el entendimiento, los cuales aunque obran sobre tales imágenes, son de superior orden, y no partícipes de lo corpóreo. Los errores que de la confusión de estas cosas nacen los iremos mostrando en sus lugares. A la potencia de formar las imágenes de que acabamos de hablar llaman en las escuelas entendimiento agente, y a las potencias que obran en vista de estas imágenes entendimiento paciente. La Memoria es la potencia mental, que conserva, renueva, y como que reproduce toda suerte de imágenes, así simples y sensibles, como intelectuales; y aunque por sí no hace al hombre racional, ni sabio, ni inteligente; pero es un depósito, o almacén, del cual las demás potencias toman la materia, esto es, los objetos sobre que se han de ejercitar; y así conviene llenar la memoria de copiosas imágenes bien colocadas, bien distintas y separadas, sin confusión alguna, y no gobernar el juicio por ellas, sino por los principios fundamentales de la razón, que son muy superiores. Sucede que cuando se forma la imagen de una cosa en la fantasía, se juntan con ella el lugar, tiempo, ocasión y enlace de las demás cosas que la acompañan. La memoria se aprovecha de todas, porque a veces nos acordamos de una cosa por la conexión de otra, sin la cual no sería fácil renovarse la imagen de la primera. A esta manera de ejercitar la memoria llamaron los Filósofos reminicencia. La potencia de la memoria se llama en Griego *gr en latín y en castellano memoria: y en las tres lenguas tienen el mismo nombre los actos de esta potencia. Aunque las potencias del entendimiento que hemos explicado sean distintas, y diversas en el modo de obrar, se hallan tan enlazadas unas con otras, que momentáneamente ejercitan sus actos sin estorbarse, y se ayudan sin embarazarse: de modo que la prontitud imponderable con que valiéndose unas de otras producen sus actos, es causa de mucha confusión, y de errores en los que no meditan, ni trabajan en entender lo que toca a cada una de ellas. Disputan los Escolásticos si estas potencias están identificadas, esto es, son el mismo ser esencial del alma, o se distinguen de ella. Además de ser de todo punto inaveriguable esta cuestión, dado que se pudiese esto llegar a saber, no serviría para perficionar el entendimiento humano; con que los argumentos y contenciones con que las Escuelas se oponen entre sí, no aprovechan para otra cosa que para mantener voluntarias e interminables disensiones por cosas que no importan nada. Lo que hay de cierto es, que las potencias intelectuales residen en el alma, y son el fondo de su propia naturaleza. Así como la naturaleza de cada cosa lleva consigo necesariamente, y sin poderle jamás faltar, la potencia, principio, y facultad de producir sus propias, y especiales operaciones, del mismo modo a la naturaleza del alma en el hombre le corresponde la potencia de producir los conceptos mentales, como lo llevamos explicado.

Capítulo III.

De las ideas.

No es cuestión de voz, sino de cosas muy precisas la que vamos a tratar. Aunque comúnmente se cree, y graves Autores lo dicen, que Platon fue el primero que usó la voz idea: yo hallo que Hippócrates, anterior a Platón, la usó muchas veces en sus escritos legítimos; con que solo se puede decir que Platón fue el que hizo más universal la noticia de las ideas. Decía este Filósofo, que cuando el Hacedor de todas las cosas hizo este mundo visible, miraba como originales a quienes se adaptaba ciertas formas exteriores, inmateriales, insensibles, eternas, que le servían de exemplar, y a estas llamaba ideas. Leyendo el Timeo de Platón y su Phedon, donde trata de estas cosas, se echa de ver mucha confusión en los dictámenes de este Filósofo, y poca constancia en lo que establece sobre estas ideas, de modo que sus sectarios Plotino, Alcinoo, Apuleyo, y otros no se pueden convenir entre sí cuando tratan de averiguar la mente de su Maestro en este punto. San Agustín, que con admirable sabiduría supo enmendar los errores gentílicos, convirtiéndolos en usos verdaderos para ilustración de las verdades christianas, hablando de las ideas de Platón, las coloca en la mente divina, como que Dios en la creación del mundo iba poniendo en obra lo que desde la eternidad estaba en su mente. Aristóteles impugnó las ideas Platónicas; y en los tiempos medios no se ha hecho mención de ellas sino para rechazarlas, de manera que en las Escuelas nunca han tenido entrada, ni en su significado, ni en la voz Idea, para explicar los actos del entendimiento. Los modernos han tomado por su cuenta hablar en sus Lógicas de las Ideas, no de las de Platón, porque todos conocen que son fingidas, sino aplicando esta voz a los conceptos del entendimiento, con lo que han introducido un lenguaje, que en sí es confusísimo, y cierra la comunicación de los Dialécticos de ahora con los de la antigüedad. Cartesio, a lo que yo entiendo, por no hablar como los antiguos, fue el que introduxo las ideas en la Filosofía (a: Véase la Introducción, número 12.
Como el sistema Cartesiano deslumbró toda la Europa, se hizo como cosa de moda pensar, y hablar como Cartesio. Después que han conocido los hombres de buen juicio, que la Filosofía Cartesiana era por la mayor parte un cúmulo de ficciones bien encadenadas, la han abandonado, quedándoles pegada alguna cosa, como sucede siempre que se han preocupado los entendimientos, pues cuesta mucho desarraigar de todo punto lo que estuvo internado en la mente. Han quedado pues, las Ideas, y las aplican los más a cosas con que no tienen conexión, ni pueden tenerla. Ni Platón, ni sus discípulos entre los Griegos: ni Cicerón, ni Séneca entre los Latinos entendieron, que la voz Idea significase conceptos mentales, sino la forma exterior, hábito y carácter circunstanciado, con que se muestran las cosas, de modo que la Idea reside en ellas, no en el entendimiento; y es el modelo, exemplar y especie exterior que se tiene presente para la imitación (b: Véase mi Discurso sobre el Mechanismo, pág. 69. ).
En el mismo sentido usó Galeno de esta voz. En las Escuelas han guardado en esto más propiedad, porque llaman Conceptos lo que los modernos Ideas, y así mantienen la inteligencia de las voces que usaron los antiguos. Algunos Filósofos de estos tiempos, conociendo esto, se han disculpado del demasiado uso de la voz Idea, como Gasendo, y Lock (c: Gassend. Instit. Log. pars I. tom. I. pág. 92. Lock Essai Philos. Praefat. num. 8. pág. 5..
Los más han hecho la salva en sus Lógicas de la variedad suma que reyna entre ellos mismos sobre la inteligencia de las Ideas (a: Véase Purchot Logic, c. I.p. 46. Leibnitz Logic, oper. tom. 2. pág. 17. edición de Ginebra de 1768.); pero la torrente del siglo, y el no ser fácil desprenderse de lo que prematuramente se creyó, ha hecho que siguiesen en sus Lógicas lo que veían en los que les habían precedido. El inconveniente que trae el usar de esta voz, como se hace, es el impedir la inteligencia de los Filósofos Griegos y Romanos, que no usaron tal lenguaje, y cuando lo usaron, que fue muy pocas veces, era en otro sentido. Es también inconveniente, y no pequeño, el no estar convenidos los modernos en lo que está significado con la voz Idea. Cartesio no se declaró bastantemente, ni está firme en la significación (b: Véase la respuesta a las primeras objeciones, pág. 53. De existentia Dei pág. 85. y la impugnación 3. de Gasendo pág. 16.). Después algunos no entienden por Idea, sino las imágenes y representaciones de la fantasía: otros la extienden a significar todos los actos del entendimiento.
La obscuridad que de esto nace es muy grande, porque se confunden las operaciones de las potencias mentales, y se atribuye a una lo que es propio de las otras. Tienen por axioma (así llaman a una proposición de todo punto cierta, aunque los antiguos no lo entendieron así) que lo que se incluye en la idea clara y distinta de una cosa es de la esencia de ella. Si por Idea entienden las imágenes de la fantasía, es falso, porque estas representaciones cada punto engañan por ser correspondientes a la impresión de los objetos sensibles, y ser muy fácil que los sentidos nos engañen. Con toda claridad y distinción se nos pinta en la imaginativa como torcido un palo metido en el agua cuando está derecho: y con la misma claridad se nos representa una bola de cera como si fuesen dos, cuando la movemos con los dedos atravesados, y así otras muchas cosas, en que quedamos cada día engañados por las representaciones de la fantasía. Este punto le trató bien el Padre Mallebranche, sin embargo que de las Ideas habló con mucha extravagancia, así en la definición de ellas, como en afirmar que vemos todas las cosas en Dios (c: Véase la Inquisición de la verdad, tom. 2. cap. I. pág, 59. y sig. edición de París de 1730.).

Si por Ideas se entienden las imágenes que de los mismos pensamientos forma la fantasía, tampoco es verdadero el axioma, porque formándose estas de las primeras, están expuestas a las mismas equivocaciones; a que se añade, que las imágenes de los actos mentales que la imaginación engendra, y conserva la memoria, nunca son exactas porque se forman de las sensibles, y lo representado por ellas no lo es (a: Véase Leibnitz en el lugar antes citado.).
La verdad, pues, y la seguridad que se puede tener de alcanzarla, no depende de las que llaman Ideas, sino de la rectitud del juicio, y esta depende de los principios de juzgar, de que hemos hablado en el capítulo antecedente, y tendremos hartas ocasiones de hablar en esta Lógica. De lo que hemos dicho se colige, que la voz Idea en su riguroso sentido no está bien aplicada a las nociones mentales: que conviene hablar de cada una de estas según lo que son, y las potencias de donde dimanan, sin confusión alguna: que para mantener la comunicación de idiomas con los modernos, y poder usar de sus luces, nos podremos valer alguna vez de la voz Idea, fixando su significación a las meras imágenes de la fantasía, sin transcender a los demás actos del entendimiento, como lo hacen entre ellos los más cuerdos: y que la adquisición de la verdad no se puede conseguir sino por la aplicación de los principios sólidos, con que el juicio descubre la conformidad de ellos con las demás nociones mentales.

10 según lo que dexamos sentado es claro que no hay ideas innatas, aun en el sentido en que lo entienden los modernos; porque las imágenes de la fantasía dimanan de los sentidos: los demás actos del entendimiento proceden de sus respectivas potencias, y no se ponen en obra, sino cuando hay en la imaginación las representaciones de las cosas sensibles, las cuales son el objeto inmediato de ellas. Así que es indubitable, que nada hay en el entendimiento que no haya entrado por los sentidos, en cuanto estos son las primeras puertas por donde entra en la mente la primera noticia de las cosas, y con la ocasión que de esto toman las potencias intelectuales, ejercitando su natural fuerza, producen sus actos.

Comparo yo este por lo que toca a cada una de las potencias (aunque en tales asuntos no hay que esperar comparaciones del todo exactas) a un grano de trigo u otra semejante semilla. Tiene esta dentro de sí la fuerza de engendrar su semejante: mas no la ejercita si no la meten en la tierra, y allí recibe las disposiciones necesarias para producir su efecto. Estas disposiciones son ocasión y motivo preciso para que el grano ponga en obra la virtud oculta que encierra; pero el engendrar a su semejante lo hace por la potencia natural que en él se halla, muy distinta de los aparatos que se requieren para explicar su fuerza. Así como en el grano no es innato cuanto hace el Labrador, y solo lo es la potencia interior de engendrar su semejante , del mismo modo no son innatos los motivos y ocasiones que el entendimiento tiene para obrar, y solo lo son las potencias con que ejercita sus actos mentales. La equivocación que ha dado motivo a esta duda consiste en esto. Hay ciertas verdades fundamentales, que con la luz natural se alcanzan, como el todo es mayor que su parte: cada cosa es o no es &c. y a estas algunos modernos, renovando máximas de la antigüedad, las llaman innatas, como que están plantadas en el alma, y solo se excitan, o dispiertan con la presencia de los objetos. La verdad es, que ni estos ni otros tales principios están en la mente humana, sino que las potencias mentales los engendran cuando hay motivo y proporción; por donde son innatas las potencias, y nunca lo son sus actos. Conviene explicar un poco más este punto. Las primeras verdades que el entendimiento alcanza, le vienen de dos fuentes, es a saber de la experiencia, y de lo que llamamos razón natural. La experiencia nos subministra principios para juzgar de todo lo corpóreo y sensible: y la razón natural nos sugiere luces para conocer lo incorpóreo e insensible. Las leyes inviolables, que en su modo de obrar guarda la naturaleza corpórea, observadas por la recta aplicación de nuestros sentidos, son objetos de conocimientos claros, y de principios indubitables. La verdad, justicia, virtud, relación, y otras cosas a este modo, conocidas por los actos mentales, y miradas atentamente por el juicio, son objetos que subministran máximas indefectibles a la razón natural.
La Física en toda su extensión averigua las verdades experimentales. La Moral, la Jurisprudencia, la Metafísica, y la Lógica son el depósito de las máximas que pertenecen a lo incorpóreo. Unidas todas ellas entre sí, enriquecen al entendimiento de principios seguros y constantes para seguir la verdad y evitar el engaño. Lo que conviene es saber aplicar las proposiciones de cualquiera asunto a las máximas ciertas, ya experimentales, ya de luz natural; porque el entendimiento en viendo claramente la conformidad y conveniencia de unas con otras, queda convencido de todas ellas.
La Lógica trabaja mucho en hacer esta aplicación, y de prueba en prueba, y de argumento en argumento conduce la mente a conocer la conveniencia del asunto que se trata, y su conformidad con las verdades primitivas. Nada hay innato hasta aquí: todo se adquiere con el debido ejercicio de los sentidos, y con el uso de la recta razón. A las potencias del entendimiento les es innata la fuerza de producir los actos de las primeras verdades, una vez que antecedan las ocasiones y motivos necesarios para que obren; y puestas estas disposiciones, como que se vienen por sí, no pueden dejar de producirlos. Propónese a la mente una cosa acaecida, para la cual halla imposible la causa, y no asiente a ella, porque sin poderlo evitar produce este acto intelectual: ningún efecto puede haber sin causa, y de este sube al principio: de la nada, o de lo que no hay, nada se puede hacer. Propónesele también que haga una injuria a su prójimo, y lo repugna, porque el entendimiento conoce: lo malo no se puede hacer, y el injuriar a otro es malo, puesto que ninguno ha de hacer a su prójimo lo que no quiere que se haga con él. Todas estas proposiciones hasta llegar a la verdad primitiva, que por sí misma es clara, son unos sylogismos tácitos, que con facilidad se pueden reducir a raciocinios descubiertos, con los cuales se llega a ver la conveniencia de lo que se trata con los primeros principios. Estas y otras tales verdades primitivas las producen, en presentándose ocasión, las potencias mentales sin poderlo evitar, y por eso es innata en ellas la fuerza de engendrar los primeros razonamientos que han de servir de basa a todos los otros. Así como la tierra es una madre fecunda, que recibiendo varias semillas, hace que cada una, dado que acudan las necesarias disposiciones, engendre a su semejante sin poderlo estorbar, y sin equivocar las fuerzas respectivas de cada una de ellas, del mismo modo el entendimiento humano, puestas las ocasiones y motivos necesarios para obrar, produce los actos que corresponden a cada una de sus potencias: y así como a la imaginativa le toca formar imágenes de los objetos, al ingenio combinarlos, a la memoria retenerlos, al juicio le pertenece producir las primeras proposiciones que encierran las verdades fundamentales de la razón, y lo ejecuta como que esto es propio de su íntima y natural potencia.
De lo dicho se deduce, que la cuestión de las ideas innatas, que inútilmente se trata en las Lógicas de los modernos, es importuna, porque conociendo y distinguiéndose bien las potencias mentales de sus actos, y viendo atentamente cómo estas cosas se ejercitan, se sabrá lo que es innato y no lo es, y también lo que puede ser provechoso averiguar en esta materia.

CAPÍTULO IV.

De las cosas que acompañan a los actos del entendimiento.

Si cuando el hombre piensa no tuviese otro motivo para alcanzar la verdad que el que le sugieren sus conocimientos, con solo cuidar de que estos fuesen exactos y no confusos, adelantaría lo que permite la condición humana en el examen de ella; mas como junto con los actos del entendimiento andan inseparables los afectos del ánimo, estos turban, confunden, y aceleran las percepciones mentales, y lo que es peor, corrompen de mil maneras al juicio, por donde son ocasión de muchísimos errores. Para evitar pues, los excesos que en esta parte cometemos los hombres en la averiguación de la verdad, conviene mostrar como los afectos del ánimo concurren con el entendimiento, y alteran el buen orden de sus operaciones: asunto que se toma de la Moral para hacerlo servir a la Lógica.

12 Al punto que en los órganos de los sentidos se hace la impresión del objeto, y la sensación, se siente el ánimo agitado de dolor, o deleyte. Por dolor se entiende aquí cualquiera molestia, de modo, que la agitación del ánimo va junta con gusto, complacencia, y satisfacción, que los Filósofos llaman Deleyte: o con molestia, disgusto, pena, displicencia, que llaman Dolor. Por poca reflexión que haga cualquiera con lo que le sucede cuando percibe los objetos sensibles, verá que no hay ninguno que no le mueva el ánimo con uno de los nombrados afectos: bien que a veces es tan poca la agitación que excitan, que nos parece no hallarnos alterados, y a esta situación llamamos Indiferencia. Luego que se pinta en la fantasía la imagen del objeto, y el entendimiento le percibe claramente, se excitan en el ánimo los afectos de fuga, o prosecucion; es decir, se ve incitado a abrazarle, o rechazarle. Esto se funda en que los sentidos se nos han dado para nuestra conservación: el dolor es indicio de cosa que nos destruye, y el deleyte de cosa que nos conserva; con que somos naturalmente llevados por nuestro propio bien hacia el deleyte, y huimos siempre de cualquiera dolor. Sabiendo por la Filosofía Moral las pasiones que se excitan para la fuga del mal, como el temor, cobardía, odio, envidia, ira, enojo, &c. y las que se mueven por el bien, como el amor, alegría, deseo, complacencia &c., cualquiera conocerá a la presencia de los objetos sensibles la pasión, o pasiones de que se halla agitado, según los contempla buenos, o malos, dignos de prosecución, o de fuga. Este conocimiento es de tanta importancia, que sin él no es posible gobernar bien el juicio; porque así como no puede sentenciar bien el Juez apasionado, tampoco puede juzgar con acierto el entendimiento que se gobierna por una pasión: siendo de notar, que es tanta la influencia de estos afectos del ánimo, que las más veces trastornan la razón, porque sigue el hombre más los ímpetus de ellos que lo que le dicta el buen juicio. Cuando el ingenio combina las imágenes, y nociones simples, se andan también combinando las pasiones que las acompañan; y son tantas y tan varias las que se mezclan, que por su influjo se ven tan diversas y extravagantes maneras de obrar en los que no estudian en conocerlas y moderarlas. Si alguno tiene la desgracia de no saber pensar, y junto con esto se halla agitado de fuertes pasiones, entonces se ofusca de todo punto la racionalidad. El amor propio, que es la fuente de todos los afectos del ánimo, se mezcla siempre en todas nuestras deliberaciones, y es causa de errores gravísimos, que descubriremos con especificación más adelante. Raro es el hombre en quien no domine una pasión con preferencia a las otras. Este dominio hace que sus pensamientos, su juicio y su razón se sujeten fácilmente al afecto que prevalece, de lo cual nacen grandes y enormes defectos, así en el entender como en el obrar.
A esta pasión arraigada y dominante llaman Genio, Natural, y conviene que cada cual conozca el suyo para enmendarle. Unos son incitados al juego, otros al dinero, y así de muchas maneras nos arrastra el Genio y Natural a varias cosas, que insensiblemente nos corrompen. Feliz aquel que por su genio se ve incitado a la virtud. La buena educación, la Lógica, el estudio de las Artes y Ciencias, los loables ejemplos, el cuidado de pensar y juzgar bien, son los medios más a propósito para dirigirse con acierto y enderezar el Genio. Hasta aquí hemos dicho los afectos del ánimo, que necesariamente se excitan a la vista de los objetos que se proponen al entendimiento: resta ahora manifestar, que con las operaciones del juicio anda junta la libertad, que es la alhaja más preciosa que el Cielo ha concedido a los hombres. Es así, que conocidas las cosas por la razón, puede el hombre determinarse a quererlas o desecharlas, y a ir en busca o en fuga de ellas. Esta potencia libre se llama en Griego *gr en Latín voluntas: en Castellano voluntad. Dícese potencia ciega, porque nunca obra sin preceder la luz del entendimiento, por donde es verdadero el principio de las Escuelas: nihil volitum quin praecognitum: es decir, nada puede querer la voluntad sin que la ilumine el conocimiento. Si el juicio es recto, y el hombre le sigue en el determinarse a buscar los objetos, o a desecharlos, entonces hace buen uso de su libertad; si no le sigue es al contrario: y si el juicio no está bien formado, yerra la voluntad por yerro del entendimiento, que es lo que regularmente suele suceder. Con que dos cosas debe hacer el que quiere acertar: la una dirigir bien los actos mentales, rectificar el juicio, perficionar la razón: la otra sujetar su voluntad, no a lo que sugiere el amor propio y las pasiones, sino al dictamen de la razón bien ordenada. Esto basta para el uso de la Lógica: los que quieran instruirse más, lo podrán hacer con la Filosofía Moral.

Capítulo V.

Del uso de las Potencias mentales.

13 Tres cosas me propongo manifestar en este capítulo: la primera, cómo percibimos los objetos corpóreos: la segunda, cómo conocemos los espirituales: la tercera, cómo se ha de conocer el predominio de cada potencia. El alma, durante la vida, está tan estrechamente unida al cuerpo, que no puede sin él ejercitar sus propias y naturales potencias. No entienden bien la constitución del hombre los que atribuyen al alma operaciones intelectuales totalmente independientes del cuerpo, pues no pudiendo jamás pensar, discurrir, ni juzgar, sino con dependencia de las imágenes de la fantasía, que mira como objetos inmediatos de sus conceptos, es preciso que obre siempre con dependencia del cuerpo que ha de concurrir con los sentidos a la producción de tales representaciones. Lo que sucede es, que el cuerpo está dispuesto con orden maravilloso para estos fines, a los cuales principalmente concurren los órganos de los sentidos y los nervios. El objeto corpóreo, arrimado al órgano del sentido, hace impresión en él y en sus nervios, por los cuales se comunica hasta la cabeza, donde está el origen de ellos. Así que es preciso que el celebro concurra con su ayuda al ejercicio de las operaciones de los sentidos, no porque en él se hagan las sensaciones, sino por las leyes de la necesaria conexión con que en el cuerpo humano unas partes se socorren de otras, y todas juntas se encaminan a mantener el prodigioso enlace, y a cumplir los fines que les ha prescrito con inefable sabiduría el Hacedor de todas las cosas. En la primera edición de esta obrita seguía yo otras máximas en esto: mas habiéndolo escrito con más conocimiento en mis Instituciones Médicas, allí se podrá esto ver con más extensión (a : Instit. Medic. Phisolg. Proposic. 47 y 48, num. 187.). Concurriendo, pues, todo lo dicho, a la presencia del objeto sensible se sigue la sensación, y después la imagen o representación del mismo en la fantasía.: El alma percibe distintamente los objetos por la sensación, y por la imagen que forma de ellos en la imaginativa los alcanza con toda claridad. Así como la sensación se hace donde quiera que están los órganos de los sentidos, la especie, imagen, y forma de la imaginativa se ejercita siempre en el cerebro, a quien por los nervios se comunica la impresión que los objetos sensibles hacen en ellos. Si están sanos los órganos de los sentidos y bien aplicados a las cosas, la imaginativa bien constituida, y el juicio que acompaña a estas operaciones es recto, se logra una certidumbre entera, como se ve en la seguridad que en esto tiene, sin excepción, todo el género humano, que se satisface y gobierna por lo que ve, oye, palpa, &c. sin poner nadie réplica a estos testimonios cuando son exactos. El conocimiento de la cosa que resulta de la debida aplicación de los sentidos es el que llamamos experiencia, fuente fecundísima de la mayor parte de las verdades que alcanzan los hombres. Los errores que se cometen en esto, y se quieren dorar con el especioso título de la experiencia, se explicaran más adelante. Ya hemos visto que el entendimiento por el uso de sus potencias hace reflexión sobre sus propios actos. Las imágenes que se forman de estos en la fantasía no son perfectas, ni sensibles, sino formadas por semejanza, tal vez muy remota, de las que existen en esta potencia. Con esto, se ve que los actos del entendimiento no son materiales, ni corpóreos, porque no tienen la solidez y fuerza que hay en la materia y en los cuerpos para impresionar nuestros sentidos. Tampoco tienen extensión para ocupar lugar, pues en un solo pensamiento se incluye todo el universo. No son impenetrables, porque en una misma proposición el predicado está incluido claramente en el sujeto, y en los silogismos el consiguiente está íntimamente contenido en las premisas. Separan las cosas que en si son juntas, y unen las que están separadas, cosa que en la materia no puede suceder.
El conocimiento que tiene el hombre del infinito, donde se reduce a un acto indivisible todo lo que existe y puede existir, muestra que cuanta es la extensión de las cosas está reducida a un concepto mental distinto de todas ellas. A la vista de estas y otras muchas reflexiones que subministran la Animástica y Metafísica, se entiende, que hay en nosotros un principio producidor de estos actos, el cual es de muy distinto ser y naturaleza que la materia; porque así como conocemos las cosas materiales y corpóreas que hay en nosotros por las afecciones perpetuamente inseparables de ellas, como la extensión, impenetrabilidad solidez, &c. que dexan impresion en nuestros sentidos y imágenes en la fantasía, del mismo modo alcanzamos que hay en nuestra constitución otro principio ajeno de las referidas afecciones, con facultad de producir otras muy diversas, no solo en su ser, sino en sus propiedades, de modo que para separar estos principios constitutivos del hombre, así como al que es extenso, sólido e impenetrable le llamamos cuerpo, porque goza de las propiedades inseparables de las cosas corpóreas, al otro le llamamos espíritu, porque por el general consentimiento de los Filósofos se da este nombre al ser inmaterial, que no participa ni puede participar de lo corpóreo, antes tiene distinta naturaleza y opuestas afecciones a las de la materia. Este es el modo natural primitivo como el hombre, reflexionando sobre sí mismo, conoce las cosas espirituales, conociendo su propia alma: de aquí pasa al conocimiento de Dios, como espíritu perfectísimo. Dentro de sí mismo tiene el hombre el concepto del infinito, de lo eterno, de lo inmenso, no por los sentidos sino por la reflexión. Conoce claramente que su ser es limitado y muy ajeno de ser partícipe de aquellos objetos. Estas consideraciones le llevan a entender, que estas cosas se hallan en otro Ser, que es eterno, infinito, e inmenso, y que no le puede engañar esta percepción mental, pues no descansa más el entendimiento con la percepción de las cosas sensibles, quedando satisfecho de su existencia cuando se le presentan, que lo queda el juicio y la razón de las reflexiones propuestas, las cuales halla conexas con los primeros principios que tiene en sí para juzgar rectamente de las cosas, y son nacidas de la fuerza innata que tiene el entendimiento para producirlas. A
ñádese que por la facultad natural de juzgar alcanza el hombre, que es causa de una cosa aquello que a su presencia hace existir otra. Conoce con mucha claridad, que no existe por sí mismo, y por consiguiente su ser depende de otro. Este conocimiento le extiende a las demás cosas hasta llegar, como término donde descansa, a un Ser de infinita potencia de donde dimanan todos los demás seres. Con estas reflexiones entiende, que este Ser inmenso, omnipotente, y eterno es infinitamente sabio: que piensa con infinita perfección sin poder errar: que tiene conocimiento de todo infinitamente superior al suyo; de donde concluye con buena razón, que este Ser supremo es espíritu puro, perfectísimo, ajeno de todo lo corpóreo, e imposible de hallarse en la materia. Esto no es más que mostrar el origen de nuestros conocimientos, así de los que tienen por objeto lo material y corpóreo, como los puros espíritus, por Io que conduce a la Lógica. La buena Metafísica añade a estas primitivas reflexiones algunas otras con que se ilustra más este asunto. Cuando las luces sobrenaturales de la Fe Divina comunicada por la Iglesia Católica, entran en nuestro entendimiento, fortifican extremamente estas verdades naturales, y se hermanan con ellas, de modo que las nociones que las potencias mentales producen a la ocasión de otras por su fuerza innata, se acomodan con las luces divinas, y juntas ilustran el entendimiento para conocer a Dios, y alabar y engrandecer sus infinitas perfecciones. Para conocer el predominio de cada una de las potencias mentales, es preciso suponer que un gran talento merece llamarse así, cuando todas son grandes y cumplidas. Mas este don celestial es muy raro, y en un siglo entero se ve en muy pocos. Una potencia sensitiva fina, delicada, pronta, y expedita: una imaginativa firme, fecunda, exacta, y acomodable a tantos objetos, como se deben pintar en ella: una memoria feliz, estable y dilatada: un ingenio agudo, extendido, claro, pronto, descubridor, y desembarazado: un juicio sólido, recto, maduro, firme, seguro, e incorruptible por los afectos del ánimo, son un conjunto de preciosidades tan difíciles de encontrar entre los hombres como el Fénix. Feliz aquel en quien concurren la mayor parte de estos incomparables bienes, que alguna vez, aunque de tarde en tarde, envía la Divina Providencia para manifestación de su Gloria, y bien de la Humanidad. Siendo, pues, los hombres por lo común escasos de tantas luces, y sugiriendo el amor propio a cada uno de nosotros, que las tenemos todas, conviene primero que cada cual estudie y medite qué potencias intelectuales predominan en sí mismo, y que afectos las acompañan, para adquirir con el estudio y aplicación lo que le falta y dominar las pasiones que corrompen el juicio. Después de haber hecho una averiguación sana de su propio entendimiento, puede pasar a ver cómo podrá aprovecharse de las luces de los demás. Para esto se ha de saber, que en todas las artes Mecánicas, en que principalmente se ejercitan las manos y el cuerpo, la potencia sensitiva, e imaginativa predominan; porque su incumbencia es trabajar sobre cosas sensibles, ya juntándolas, ya desuniéndolas, ya trabándolas de mil maneras entre sí, en lo que los sentidos y la imaginación están siempre ocupados. En la pintura, escultura, estatuaria y otras semejantes facultades domina la imaginación, pues de ella se vuelven a copiar las imágenes de las cosas. Los Poetas tienen por lo común la imaginación vivaz, agitada y fuerte, el ingenio agudo y descubridor, pero corto el juicio, porque aunque algunos le tienen, pero son muy pocos. Los Dialécticos ocupan todo el ingenio. Las verdaderas Ciencias y la sabiduría son obras del juicio, porque dado que todas las potencias deben concurrir, la razón es la que en ellas predomina. La Física pide igual aplicación de la potencia sensitiva y de la imaginativa con el juicio, porque es necesario percibir los objetos corpóreos con delicadeza y distinción, tener las imágenes de ellos en la fantasía exactas, claras, y sin confusión alguna; pero como no basta esto solo, pues conviene además de esto combinar, para lo cual es preciso el ingenio, y sobre todo razonar, arreglar, ordenar, y colocar cada cosa en el punto en que lo ofrece la naturaleza, sin equivocaciones, ni falsas atribuciones, y aplicar los principios fundamentales del saber, en todo lo cual ha de ocuparse el juicio; por eso es menester mucho para formarse un Físico verdadero, y por eso aunque hoy todos hablan de la Física, no todos la entienden, ni es tanto como se cree lo que se ha adelantado en ella. Para hacer crítica de los Autores y aprovecharse de ellos es menester reparar, qué potencias mentales y que afectos del ánimo los dominan; porque si escriben apasionados, o con cortas luces del entendimiento, o sin potencias correspondientes a los asuntos en que se empeñan, poco fruto se sacará de su lectura; y sin este conocimiento son de poco valor los juicios que unos Autores hacen de otros. Nos hemos valido hasta aquí de la Animástica y Metafísica para darnos a entender con toda claridad en lo que vamos a decir de la Lógica.