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domingo, 17 de octubre de 2021

Capítulo IX. Del Método. FIN.

Capítulo IX.

Del Método.

123 Hasta aquí hemos mostrado el modo como procede el entendimiento para hallar la verdad, y los caminos por donde se va hacia el error, para evitarlos: resta ahora manifestar el buen orden que entre sí han de tener las verdades adquiridas. El buen Lógico deduce unas verdades de otras con el raciocinio, combina entre sí las que pertenecen a cosas distintas, y enlaza y ordena a un fin racional todo el complejo de verdades que ha alcanzado con el uso y la meditación. Esto es por lo que toca a su mismo entendimiento; pero muchas veces se ofrece comunicar a los demás las verdades que ha adquirido, y para hacerlo debidamente, es preciso ordenarlas con claridad, y enlazarlas con orden para evitar la confusión. Porque dado que en el entendimiento se hallen las verdades de la Geometría, de la Filosofía, y demás Ciencias, si estas no se disponen con orden y conexión causarán obscuridad. ¿Y qué diríamos si viésemos que hacia uno servir las verdades de una de estas Ciencias para otras, con quien no halláramos conexión? Importa, pues, ordenarlas y distribuirlas de modo, que esclarezcan al entendimiento, y le conduzcan a la consecución de aquellos fines racionales que se propone. Este orden, conexión, y enlazamiento con que el entendimiento dispone las verdades ya sea para alcanzar otras más importantes y obscuras, ya sea para comunicarlas a los demás, es lo que llamamos método; y es cosa muy cierta, que la falta de método que han tenido algunos Autores, ha sido causa de que ni ellos se han aventajado mucho en el descubrimiento de verdades importantes, ni han instruido a los demás debidamente con la publicación de ellas.

124 Vanamente disputan algunos si el método es operación del entendimiento distinta de las demás? Es cierto que el método pertenece al discurso, y con él enlaza el entendimiento las verdades de manera, que unas sirvan para deducir otras, lo cual se hace por legítimas consecuencias. Cuando se ha de probar una verdad con la vista de otras muy conexas, y cercanas con ella, fácilmente se hace con simple silogismo; pero si se requiere gran número de verdades, y que que pertenecen a cosas separadas para alcanzar alguna otra, entonces es preciso ordenar las primeras de modo, que entre ellas halle el entendimiento enlace y conexión, y al fin sirvan de prueba a la que se ha de descubrir, o manifestar. Otros dicen, que no hay necesidad de reglas para ordenar los pensamientos con método, cuando sabe el entendimiento evitar los errores de los sentidos, de la imaginación, y demás que hemos propuesto, y razonar de manera que evite los sofismas, porque sabiendo estas cosas, con sola la natural fuerza del ingenio, se ordenarán los pensamientos en el modo que sea necesario para descubrir alguna importante verdad.

125 No dudo yo, que el que sepa evitar los errores, y juzgar y razonar sanamente, necesita de pocas reglas para discurrir con método, si tiene ingenio claro y juicio atinado; pero como hay ingenios tardos, que alcanzan una verdad simple sin transcender a otras más compuestas, y hay entendimiento oscuros, que alcanzan una verdad de por sí sola, y no comprenden la conexión que debe haber entre muchas para esclarecer un asunto, por eso es preciso señalar las principales diferencias del método, y las reglas conducentes para ordenar entre sí debidamente los pensamientos.

126 El método en general se divide en sintético, y analítico: llámase sinthético aquel, con que el entendimiento procede de lo más simple a lo más compuesto; y analítico es aquel con que procede desde lo más compuesto a lo más simple. En el primero sube como por grados desde lo más sencillo hasta lo más arduo. En el segundo desciende desde lo más intrincado hasta lo más sencillo. Los que averiguan una genealogía empezando por los antepasados, y descienden hasta el que todavía vive, proceden con método sintético; y los que empiezan por el que vive, y acaban en los pasados, con método analítico. Los unos forman la cosa, los otros la deshacen. Los Químicos cuando deshacen la textura de los cuerpos para conocer la naturaleza de sus partes, proceden con método analítico. Los Geómetras, que de axiomas fáciles y simples pasan a descubrir verdades difíciles, usan del método sintético; y no hay duda ninguna, que uno y otro método conducen a descubrir la verdad, bien que con diferencia de modo, que hay cosas que no pueden averiguarse sino por el método analítico, y otras por el sintético. Los Escritores modernos de Lógica de ordinario prescriben muchas reglas para usar de estos métodos con acierto; mas para evitar la prolijidad basta saber, que todo método debe ser breve, seguro, y cumplido.
Es breve cuando no encierra cosas superfluas, y con poco aparato descubre la verdad: es seguro cuando procede con certeza en el modo de conseguirla; y es cumplido cuando llenamente muestra la manera de saberla. Por eso en faltando alguna de estas circunstancia, ya el método es defectuoso.

127 Para observar debidamente la brevedad, es necesario que se omitan las cosas que no conducen, y que separadas del asunto no harían falta. Por eso son intolerables en las conversaciones aquellos, que para referir un acontecimiento cuentan mil cosas que no conducen a descubrirlo, y quitadas de la narrativa, nadie dejaría de entenderlo. En los libros se usa mucho esto, y cada día vemos Autores que para referir una opinión suya, o ajena hacen mil preámbulos, y razonamientos que nada conducen. Los periodos muy largos, y los dichos sentenciosos son contra el buen método, porque los primeros distraen, los segundos confunden al entendimiento. Los paréntesis frecuentes son contra la brevedad que corresponde al buen método, y mucho más las digresiones (a), porque con todas estas cosas el entendimiento se distrae del asunto, ocupándose en cosas que no son especiales de él; y no hallando conexión entre las cosas que superfluamente se proponen, y las que se intentan probar, no queda persuadido (b).

(a) Etiam interjectione qua & Oratores, & Historici frequenter utuntur, ut medio sermone aliquem inserant sensum, impediri solet intellectus, nisi quod interponitur breve est. Quintil. lib. 8. Instit. Orat. cap. 2.
(b) Fit ut cum incidentes quaestiones, aliae quaestiones, & aliae rursus incidentibus incidentes pertractantur, atque solvuntur, in eam longitudinem ratiocinationis extendatur intentio, ut nisi memoria plurimum valeat, atque vigeat, ad caput unde agebatur, disputator redire non possit. S. August. de Doctr. Chr. lib. 4. cap. 20.

Fuera de esto con noticias impertinentes y fuera del caso se carga la memoria, y oprimida de la muchedumbre de cosas inútiles, no tiene presente las nociones principales. Este defecto es muy ordinario en los que emprenden obras muy largas. Galeno no supo evitarlo, y estoy cierto que en algunos capítulos y tratados pudieran quitarse muchas cosas sin hacer falta.
En Foresto, y Etmullero es comunísimo este vicio; y aún en Hoffman se hallan razonamientos muy inútiles y prefaciones molestas, que conducen muy poco, o nada al principal asunto. Entre los Filósofos de las Escuelas es comunísimo este defecto, como en los Letrados, y Comentadores, porque comúnmente emplean razonamientos inútiles, y nada conducentes al descubrimiento de lo que intentan manifestar. Los que usan de vanos adornos en los escritos, de lugares comunes, y sentencias vulgares, incurren en este defecto, porque dicen cosas que nadie ignora, y quitadas no harían falta. Así es suma necedad empezar un discurso diciendo: El tiempo es precioso, como dice Séneca; o de este modo: La verdad es buena, como dice S. Agustín, porque estas sentencias son tan comunes, que todos las saben. Si uno para probar la mortalidad humana dijera lo de Horacio: Pallida mors, &c. y para mostrar la poca constancia que los hombres tienen en las amistades, dijera lo que se atribuye a Catón: Donec eris felix &c. fuera cosa ridícula, porque estos son lugares comunes, o como suelen decir de N, que se pueden acomodar a todos los asuntos, y en ninguno hacen falta; y ordinariamente se descubre este vicio en los que afectan la erudición, y aunque sea vulgar la proponen en todos los casos que se les ofrecen.


128 El otro vicio que se comete en la brevedad consiste en omitir lo preciso: Brevis esse laboro, obscurus fio, dice Horacio (a). El principal designio del que ha de manifestar una cosa, debe ser ejecutarlo con claridad, para que pueda ser entendido. La claridad pide, que nada se omita de lo que pueda conducir a penetrar los asuntos, porque a veces la omisión de una pequeña circunstancia estorba averiguar una verdad importante., De suerte, que para que la brevedad sea bien ordenada se han de evitar dos excesos, es a saber, la superfluidad, y la concisión. Los Autores que escriben Compendios, muy pocas veces evitan la obscuridad, porque queriendo ser muy breves, son confusos. Pretender enseñar las Artes y Ciencias con compendios, es querer que se sepan sin los debidos fundamentos. Lo que Quintiliano (b) notó acerca de la brevedad de los estilos, y lo que reprehende en algunos antiguos es muy adaptable a muchos Escritores de compendios.
(a) Art. Poet. vers. 25.

(b) Profecto quidam brevitatis aemuli necessaria quoque orationi subtrabunt verba, & velut satis sit scire ipsos quae dicere velint, quantum ad alios pertineat, nihil putant; quinimo persuasit quidem jam multos ista persuasio, ut id jam demum eleganter, atque exquisite dictum putent, quod interpretandum, &c. Q. l. 4. Ins. Or. c. 2.

129 Para que el método sea seguro, es necesario que en el descubrimiento de la verdad se proceda con orden, empezando por las verdades claras, y sucesivamente procediendo como por grados hasta encontrar la que se busca. Este orden pide que no pase el entendimiento de una proposición a otra, sin haber probado bastantemente la primera, de suerte que esta ya bien establecida ,sirva de basa y fundamento a la otra, y así ha de procederse ordenadamente hasta la postrera. La razón de esto es porque el entendimiento llega a descubrir las verdades ocultas, si empieza a encontrar alguna conexión de lo que busca e ignora, con lo que ya sabe, y tiene establecido. Y notó muy bien Cicerón, que entre todas las cosas hay cierto orden y enlace, de modo, que del conocimiento de unas se llega al de otras (a). Por esto en los escritos jamás se ha de probar una cosa por otra que se ha de decir en adelante, porque hasta que llegue el lector a esta no podrá quedar convencido de la verdad de aquella; exceptuando sólo algún caso particular, en que puede ser preciso notar de paso to que con mayor extensión se ha de explicar después (b).

(a) Cicer. de Natur. Deor. lit. 4. cap. 4.

(b) Ordinis haec virtus erit, & Venus, aut ego fallor,
Ut jam nunc dicat, jam nunc debentia dici.

Pleraque differat, & praesens in tempus omittat. Hor. Art. Poet. v. 42.


Esta máxima se funda en la naturaleza universal, pues observamos que en las producciones, generaciones, y otras acciones semejantes, procede con orden desde lo más simple y más fácil hasta lo más compuesto y embarazado. Y tenemos también de esto claros ejemplos en el modo que usamos para aprender algunas Ciencias. Si uno quisiera saber lo más sublime de la Aritmética, sin entender primero las reglas más fáciles y simples, no podría conseguirlo; pero al contrario, si empieza este estudio comprendiendo las reglas de sumar, restar, multiplicar, y partir, que son las más simples, fácilmente llegará a entender las de proporción y arte combinatoria. Cartesio deseaba mucho la observancia de esta regla del método, y no puede negarse que en sus escritos resplandece generalmente un método admirable. El P. Mallebranche la observó tan estrechamente, que en su famosa obra de la Inquisición de la verdad, apenas se hallará un capítulo que pueda entenderse, sin entender primero los antecedentes. Boheraave (Boerhaave) entre los Médicos guardó un método rigurosísimo, y también Borello y Bellini, siendo preciso confesar, que el buen método es muy raro en los libros de Medicina.
Si todos estos célebres Escritores hubieran sido tan sólidos en la doctrina, como exactos en el método, fueran dignos de la estimación general de los sabios.
Para tratar llenamente un asunto es menester poner todo lo que de él convenga saberse, procurando juntar lo breve y seguro del método con la plenitud de la doctrina. Las definiciones, divisiones, raciocinios bien ordenados, y según las reglas que arriba hemos prescrito, hacen el complemento del buen método.

130 Dúdase si se ha de usar en todos los discursos, ya sean de palabra, ya por escrito, gobernados por la Lógica, del método geométrico, que es el de los Matemáticos, o del de las Escuelas. Cartesio trabajó mucho en introducir para todas las cosas el método geométrico. El P. Mallebranche trabajó en esto más que Cartesio, bien que siguiendo sus pisadas. La mayor parte de los modernos, como de tropel, así como se dejaron llevar del sistema Cartesiano, quisieron también imitar su método de escribir. El perjuicio que en esta generalidad han causado a las letras, lo conocen todos los que saben los verdaderos caminos de hallar la verdad; y si se hubieran contentado con esto fuera menos malo; mas el caso es, que han tratado con desprecio el método escolástico, tirando con toda suerte de invectivas a hacerle odioso para desterrarle del mundo. Los de las Escuelas, queriendo defenderse, han hablado también contra los modernos y su método, y unos y otros mantienen la porfía sin desistir de su partido. Lo que dicta la buena Lógica es, que uno y otro método deben entenderse y usarse, según fuese la materia que se trata, porque unos asuntos se compondrán muy bien con el método geométrico, y otros con el escolástico. El método geométrico pide definiciones, divisiones, axiomas, postulados, que se sientan como presupuestos y concedidos para establecer las proposiciones. Pero son muchísimos los puntos de las Ciencias, en los cuales no caben definiciones, divisiones, &c.
¿Cómo se ha de definir una cosa al principio de una cuestión, en que se disputan los predicados esenciales de ella? ¿Y cómo se ha de dividir aquello de quien no constan, y todavía se disputan las partes de que se compone?
No pueden sentarse axiomas que sean disputables, ni admitirse postulados de cosas que están en controversia. Pedro Daniel Huecio, Obispo de Avranches, ha probado esto contra el método geométrico al principio de sus Demonstraciones evangélicas.

131 He visto en libros de Física y también de Medicina establecerse sistemas vanísimos con definiciones, divisiones, axiomas, y postulados puramente arbitrarios. Ya se ve que si se le conceden a un Autor todos estos antecedentes en el modo que él se los figura, podrá de ellos deducir cuanto le sugiere su imaginación. Así que cualquiera que haya de instruirse en la Física por los libros que hoy la tratan matemáticamente, si no quiere ser engañado, debe examinar con particular atención estas cosas que ponen a los principios de los tratados, como fundamentos de lo que van a establecer. En la Metafísica, y en la Teología todavía es más difícil que en la Física el uso del método geométrico. En las cosas que se pueden verdaderamente demostrar, viene bien este método; pero como en la Física, Metafísica, Teología, y otras Artes son innumerables los asuntos que no se pueden llevar a perfecta demostración, por eso no conviene en ellas el método de los Geómetras.

132 Leibnitz, sin embargo de haber sido excelente Matemático, hablando de esto dice así: Es laudable querer aplicar el método de los Geómetras a las materias metafísicas; pero también es menester confesar, que hasta el presente raras veces ha salido bien; y el mismo Cartesio con toda su grandísima destreza, que no se le puede negar, en ninguna cosa ha tenido jamás menos desempeño, que cuando ha intentado hacer esto en una de sus respuestas a las objeciones (a). Todavía se explica Morhof, que trató esto de propósito, en términos más expresivos: Yo (dice) me maravillo cómo estos linces (habla de Mallebranche y otros modernos) con este su método, como con una vara divinatoria, no han penetrado los secretos de los antiguos, que nadie puede poner en duda, cuando los Filósofos de la antigüedad, gobernados por sus principios, que algunas veces se fundaban en analogismos y conjeturas, establecieron cosas tan prodigiosas, de las cuales aún hoy nos admiramos, y profesamos nuestra ignorancia, &c. (b)

(a) Leibnitz Oper. tom. I. pág. 505. edic. de Gineb. de 1768.
(b) Morhof. Polyhist. lib. 2. cap. 8. n. 7. tom. I. pág. 407.

Wolfio, sin embargo de que todos sus escritos filosóficos los dispuso con método geométrico, ya confiesa que no es necesario en toda suerte de verdades usar del método de los Geómetras con definiciones, axiomas, postulados, teoremas, problemas, corolarios y escolios; porque dice que no son buenas las definiciones, proposiciones, axiomas, y postulados, porque se pongan con estos títulos al principio de los tratados, sino porque sean enteramente conformes a las reglas de la Lógica; añadiendo, que se engañan los que creen haber demostrado matemáticamente los asuntos que tratan, con tal que a cada uno hayan puesto competentes títulos de definiciones, axiomas, postulados, teoremas, problemas y corolarios (a).

133 La Geometría procede con buen método cuando trata de su objeto; pero el trasladarla a otros asuntos puede hacerse pocas veces, como lo he mostrado en mi discurso del Mecanismo. El Abad de Condillac, cuyo examen del origen de los conocimientos humanos tiene algunas cosas que tomar, y muchas que dejar, como pienso mostrarlo por menor en otra obra, tratando del método dice así: Los Geómetras, que deben conocer las ventajas de la Análisis mejor que los otros Filósofos, dan muchas veces la preferencia a la Síntesis. Así, cuando dejan sus cálculos para entrar en averiguaciones de diferente naturaleza, no se halla en ellos la misma claridad, precisión, ni extensión de entendimiento. Nosotros tenemos cuatro Metafísicos célebres, Cartesio, Mallebranche, Leibnitz, y Lock. Sólo el último de estos no fue Geómetra; ¡pero cuán grande exceso lleva a los otros tres (b)!

(a) Wolf. §. 793. página 375 y siguient.
(b) Esai sur l‘ orig. de conoiss. humain. tom. 2. pág. 289.

134 En el método de las Escuelas conviene distinguir lo que es el método, y lo que son los asuntos que con él se manejan. Las cuestiones, y disputas escolásticas por lo común tratan de cosas de poca importancia, y muchas de ellas son vanísimas: el método es de suyo muy bueno, y muy a propósito para que la juventud se entere de los verdaderos puntos de la Filosofía. Este método consiste en usar de silogismos, y raciocinios atados unos con otros, para probar, o rechazar las cosas que se disputan. Todas las invectivas que los modernos han hecho contra este método, recaen sobre los defectos que en su uso se cometen; pero el método mismo no han podido impugnarle con solidez; porque ¿qué cosa hay más a propósito para examinar la verdad de una proposición, que el silogismo, como ya hemos mostrado? Y ¿qué manera ha de haber más segura y más breve para descubrir, si lo que otro defiende es verdadero, o falso, que los silogismos bien hechos, que a cualquiera le ponen en la necesidad de conocer la verdad, o falsedad de las proposiciones? Si los asuntos filosóficos fuesen todos demostrables, se pudiera excusar este método, bien que aún entonces podría servir para hacer más patente la evidencia; pero siendo los más de ellos opinables, y tales que todavía se busca la certeza, ¿quién puede dudar que los silogismos bien ordenados son el medio más a propósito que hay para descubrir toda la certidumbre, de que es capaz la materia que se disputa? No es nuevo este estilo, ni se empezó a conocer en las Escuelas en los siglos medios, como cree el común de los modernos, que no leen los antiguos originales. Los Griegos usaron del silogismo en los asuntos probables para sentar y rechazar lo que se les ofrecía, y a esta suerte de silogismos llamaron Epichiremata (a).
Las Escuelas lo tomaron de ellos, y lo introdujeron para disputar de cosas probables, que podían defenderse por ambas partes; y en los principios bien sabido es, que resultó de este método mucha utilidad, como se ve en los antiguos Escritores Santo Thomas y S. Buenaventura, que lo usaron con moderación: y si bien se mira, el verdadero método lógico es este, puesto que el fin principal de la Lógica es probar por el raciocinio. Yo estoy firme en el dictamen, que no conviene quitar de las Escuelas la forma silogística, sino arrancar los abusos y defectos que se han introducido en ella, porque estoy persuadido que ningún otro método es tan a propósito para la enseñanza de la juventud como este.
(a) Aristot. Topic. lib. I. cap. II. tom. I. pág. 222.

135 Dicen algunos, poco o nada versados en la forma silogística, que un discurso seguido sin argumentos silogísticos, enfadosos por la molesta repetición de probar la mayor, la menor, &c. es muy preferible al método escolástico, pues así se ve, como de un golpe, todo lo que se quiere probar y decir sin fatigar la atención del entendimiento. No hay duda, que en una arenga, en un concurso de gentes no versadas en las Escuelas ni en los silogismos, fuera cosa impropia y extravagante el silogizar para probar un asunto; pero en las Escuelas, donde sin cumplimiento ni ceremonias, bien que cortesmente y con policía, se trata de saber si es verdad, o no lo que se asegura, no sirven tales razonamientos. Hácense estos con estilo declamatorio: el que los pronuncia dice lo que quiere; asegurado de que no le han de contradecir: danse al discurso adornos, artificios y figuras, para captar a los oyentes: las pruebas con alguna verosimilitud que tengan son bien recibidas, porque todo junto conduce a excitar los ánimos a favor del que razona. De esto nace, que semejantes razonamientos por lo común prueban poco. Con el método de las Escuelas si uno establece una cosa vana, se le pone en el estrecho de que lo conozca y lo confiese, si no es pertinaz: a lo menos lo conoce todo el concurso, y no permite que el error triunfe de la verdad. Yo sé muy bien que muchos asuntos graves en diferentes lineas, que se reciben por esta suerte de razonamientos engañosos, se rechazarían, si hubiese quien, reduciéndolos a la forma silogística, manifestase su poca estabilidad. Los que están acostumbrados a semejantes discursos, rara vez en asuntos filosóficos llegan a descubrir bien la verdad: por el contrario los que están habituados a la forma silogística, aunque no usen de ella sino de razonamientos, descubren en la materia hasta lo más íntimo de ella.

136 Cuando no se quiere usar del método escolástico en todo su rigor, y se han de enseñar algunas verdades bien averiguadas, y otras que necesitan averiguarse, viene bien un método medio entre el geométrico y escolástico, ordenando la serie de proposiciones del modo más conveniente, ya sea analítico, ya sintético, para que de las cosas sabidas se pase a las que no se saben, de las simples a las compuestas, al modo de los Geómetras, y proponiendo los argumentos en contrario, como hacen las Escuelas, con el nombre de Objeciones, para que satisfechas estas se quiten los estorbos a la manifestación de la verdad. Suelen los asuntos componerse de muchas verdades, que juntas sirven para prueba irresistible de una conclusión. Si se miran las pruebas sólo por un lado, aunque parezcan ciertas y buenas, pueden engañar por haber otras cosas que las contradicen; y no pudiendo haber una verdad contraria de otra, por eso es preciso satisfacer las objeciones, y examinar de este modo el asunto por todos sus lados. De esta manera se asegura el entendimiento por los argumentos que sientan la verdad, y porque llega a entender que no hay cosa en contrario que la pueda destruir. Los que en materias opinables usan del método matemático sin proponerse las objeciones, no prueban bien sus asuntos, porque lo que dan por bien probado puede ser destruido por objeciones de gran peso. Así que no hay que fiarse mucho de la Filosofía de Wolfio, y el Genuense, que quieren dar por demostrado lo que no lo es, y a veces ni lo puede ser.

137 De este método se han valido con acierto algunos Escolásticos doctísimos, como es notorio a los que están versados en la lectura de esta suerte de Filósofos. Mas siempre convendrá mantener en las Escuelas la forma silogística para probar y rechazar lo que sea necesario, quitándose todos los abusos que en ella se han introducido, para que estando bien limada, pueda ilustrar el entendimiento de los jóvenes, y hacer que en ellos se arraigue la verdad, y se conozca el error para evitarle. Si en el uso de este método se quitan las porfías y acaloramientos, la confusión con que se interrumpen hablando todos a un tiempo, el demasiado ahínco en las altercaciones, la ostentación y vanidad con que se desprecian unos a otros, la satisfacción arrogante y decisiva con que cada uno asegura la opinión de su partido, los odios, burlas y desprecios con que se miran los de opiniones opuestas, y en lugar de estas cosas se arguye con modestia, con templanza, con ánimo de sujetarse el que entiende menos al que sabe más, y con verdadera intención de alcanzar la verdad, e ilustrar el entendimiento, ciertamente el método silogístico será el más proporcionado para enseñar a la juventud las Artes y Ciencias. El que haya frecuentado las Escuelas, fácilmente echará de ver que estos defectos son personales; esto es, de las personas que disputan; pero no del método; y si por ellos se hubiera este de abandonar, fuera menester arrancar todas las viñas por los defectos de los beodos. Los ejercicios literarios de argüir y responder con forma silogística, según se usa en las Escuelas, son admirables para arraigar en el entendimiento las ciencias, y hacer que permanezcan. El probar la mayor de un silogismo, o la menor con otro silogismo, es preciso hasta que se llegue a conocer la buena, o mala constitución de la doctrina que se intenta introducir.

138 En un libro se pueden resumir muchas proposiciones en una, poniendo la prueba de manera que las incluya a todas; pero esto con la viva voz no se puede hacer, porque se distrae mucho el entendimiento, y se le escapa la vista de lo principal. El estilo que se guarda en muchas partes de hacer una
licion de puntos, y responder a dos argumentos es muy bueno, porque la lección es un razonamiento seguido con que el candidato manifiesta que está instruido en la materia; pero los engaños y apariencias, que, como dijimos, suele haber en tales razonamientos seguidos, se descubren con los argumentos que hacen los contrarios, y con el modo de responder y satisfacer a ellos; y fuera conveniente que en todas las Escuelas se introdujese la loable costumbre de la de Valencia, donde el respondiente, concluido el argumento del contrario, le resume y le satisface solo, y de espacio, para que el concurso conozca que ha entendido la dificultad, que se ha hecho cargo de ella, y se vea, si la solución, o satisfacción que da, es cumplida, puesto que en la seguida del argumento no se puede esto conocer con tanta claridad. El leer con el papel en la mano la disertación, o discurso que uno ha trabajado sobre los puntos que se le dieron, arguye muy poco saber y amor al descanso, porque no hay cosa más fácil en cualquier asunto con mediana instrucción, que componer un discurso que parezca lo que no es, y leerle sin trabajo ninguno: por el contrario para decirlo de memoria es menester estar muy radicado en la materia, tener prontas las especies, y estar expedito en el uso de las pruebas y argumentos, las cuales cosas son necesarias en los que han de ser Maestros de la juventud. Dicen que este estilo más es prueba de memoria, que de saber, y que se han visto hombres muy sabios, que por falta de la memoria se han perdido, o parado en las lecciones de puntos. Yo no puedo creer que a los verdaderos sabios les suceda esto, porque estos no se atan a la letra de la lección estudiada, y les sucede lo que dice Horacio:

. Cui lecta potenter erit res,

Nec facundia deseret hunc, nec lucidus ordo (a).

A los falsos sabios, que son los más, sí que les sucede alguna vez. Mas si falta a alguno la memoria, aunque sea sabio, no es bueno para Maestro, porque sin buena memoria, que suministre prontas las especies, ninguno será a propósito para enseñar a los demás con la viva voz.

139 Aunque es verdad, que los que no cursan las Escuelas y quieren pasar por sabios, aborrecen la forma silogística, hablando mal de lo que no conocen; con todo, el que sepa la fuerza del silogismo para descubrir la verdad, o falsedad de las proposiciones, según lo he mostrado tratando del raciocinio, no debe hacer caso de tales desprecios, estando asegurado, que entre los modernos bien instruidos, los que hablan con candor, están a favor de este método para las Escuelas. Dupin en su método de estudiar la Teología, tratando de este punto, y haciéndose cargo de lo que dicen los modernos, escribe así: Es menester confesar que las disputas y respuestas públicas, según el método escolástico, son de grande utilidad, así para ejercitar el entendimiento haciéndole exacto, como para proponer y resolver en pocas palabras las dificultades con limpieza y precisión, sin que se pueda nadie escapar, porque se ve obligado a concluir y probar directamente la proposición negada, o de impugnar la distinción hasta que se haya apurado la dificultad, &c (b).
Del mismo sentir es el P. Mabillon en sus Estudios Monásticos, después de haber examinado la materia de propósito, y del modo que podía hacerlo un hombre de los más doctos de nuestros tiempos (c).

(a) Art. Poet. vers. 40.
(b) Dupin. Method. pour etudier la Theologie, chap. 25. pág. 274.

(c) Mab. de Stud. Mon. c. 10. p. 168.

El Marqués de Sant-Aubin, aunque rechazó con expresiones fuertes la Lógica de las Escuelas, habla de la forma silogística en estos términos: Sin embargo del desprecio que el vulgo de los modernos hace hoy de las reglas de los silogismos, es preciso confesar que enseñan los medios infalibles de resistir al error de las conclusiones, y que la forma silogística, bárbara solamente en la apariencia, es en el fondo muy ingeniosa, &c. (a).
Nuestro Luis Vives, que reprendió tanto los abusos de la Dialéctica de las Escuelas, nunca impugnó la forma silogística, sino los defectos personales de los que la ejercitan. El aprecio que de los silogismos han hecho Wolfio, y Heineccio lo hemos manifestado tratando del raciocinio, donde hemos puesto algunas pruebas a favor del estilo escolástico, las cuales conviene juntar con las que aquí proponemos.

140 Es verdad que Lock no gusta de este método; pero también lo es que sus impugnaciones son comunes, y que forzado de la verdad puso estas palabras:
A la verdad los silogismos pueden servir algunas veces para descubrir una falsedad ocultada con el esplendor brillante de una figura de Retórica, y de intento encubierta con un periodo armonioso que hinche agradablemente el oído: pueden, vuelvo a decir, aprovechar para que un razonamiento absurdo se manifieste con su deformidad natural, desposeyéndole del falso celaje con que está cubierto, y de la agradable expresión que al pronto engaña el entendimiento:::: yo convengo, que los que han estudiado las reglas del silogismo hasta alcanzar con la razón, por qué en tres proposiciones enlazadas entre sí con cierta forma, la conclusión ha de ser ciertamente justa; y por qué no lo ha de ser con certeza en otra forma: convengo, vuelvo a decir, que estas gentes están aseguradas de la conclusión que deducen de las premisas, según los modos y figuras, que se han establecido en las Escuelas (b).

(a) Sant-Aubin traitè de l‘ opinion, tom. 2. pág. 6.

(b) Lock Esai del entendem. lib. 4. chap. 17. §. 4. pág. 559.

Dignas son de ponerse aquí las palabras de Facciolato, escritor inteligente y primoroso: Por Dios y por los hombres os ruego (habla con los jóvenes que han de estudiar la Lógica) no os dejéis engañar, ni permitáis se os metan por fuerza ciertos libritos escritos con agudeza y elegancia, de quienes se dice que son de socorro al entendimiento humano, y que enseñan el Arte de pensar. Apenas comprehenden pocas cosas que pertenezcan a formar un Lógico; y los que en estos años se han entregado a ellos, a primera vista ha parecido que son grandes indagadores, y jueces de la verdad; pero cuando se ha venido a las manos y a la pelea, y ha sido preciso disputar bien, entonces se ha descubierto qué tales eran. De este modo los ejercicios públicos de los Estudiantes, que se practican por la costumbre
y instituto de nuestros mayores, quitada la contienda, se han convertido en ciertas lecturas::: Hoy confiesan todos los que en esto pueden tener voto, que la Física de cada día se perfecciona con nuevas observaciones, y que la Lógica fue llevada por Aristóteles, el mayor ingenio de los mortales, a su última perfección. Mientras durará el mundo y se honrarán las letras, saldrán al público Escritores que estas mismas cosas las dirán de otra manera, acomodándolas a los oídos de su siglo; pero si alguno quisiese introducir en las Escuelas diferente arte de raciocinar y de disputar, acaso podrá engañarlas con la novedad, mas no ha de poder lograr que dure mucho. Este es el camino más llano de averiguar la verdad, aprobado no con la opinión de pocos hombres, sino con el juicio de toda la antigüedad, y allanado con el uso de mucho tiempo. Seguidle y os llevará derechamente, con el deseo de aprovechar, a Ia Filosofía, es decir, a todo conocimiento de las cosas mejores (a).

(a) Facciolat. Paraenesis logicae artia studios, pág. 211.

FIN
DE LA LÓGICA.